miércoles, 30 de abril de 2014

La claridad que me inunda. XLVII

Encierras
un hondo misterio,
como el firmamento en la noche,
que nos enfrenta al enigma
de la existencia;
tu rostro amado y hermoso
me colma de asombro,
algo tienen
tus ojos y tus mejillas,
tu pelo y tus labios de miel
que no puedo abarcar con mi frente
y que desborda mi corazón
como si bebiera de un piélago infinito;
eres ilimitada
como el abismo del tiempo
y tu forma transparenta
tu vastedad ignota. 

Amanecer de la inocencia. LVII

No soy un alma fría
que no deteste el sufrimiento,
no tengo entrañas duras
que el dolor no pueda atormentar,
mi corazón gime de tedio
cuando el ocaso cae sobre las cosas
y se empieza a agotar la vida,
encerrada en su parco cercado,
pero en lo más oscuro del crepúsculo,
como en una dulce ilusión,
pueden brillar las estrellas;
cuando se estrecha el camino,
el espíritu intuye la inmensidad. 

Amanecer de la inocencia. LVI

En la tiniebla
del valle de la muerte,
cantan los ángeles tan dulcemente
que el alma alcanza la beatitud;
el dolor más terrible,
la más amarga pérdida,
el horror más profundo
el corazón sabe cambiarlos
en montañas de esperanza;
no temas, pecho mío,
no te llenes de lágrimas
como el rostro de un niño abandonado,
busca en el cielo de la noche
un sitio para la eternidad,
atisba en el silencio del mundo
el reparador murmullo del infinito. 

martes, 29 de abril de 2014

Amanecer de la inocencia. LV

¡Cuánto tedio abarca la eternidad, 
qué ajeno es todo lo de afuera, 
cuánta soledad encuentra 
nuestra esencia insólita, 
qué parecido es al mundo 
el triste valle de la muerte! 

Amanecer de la inocencia. LIV

Traen silencio los días,
deshabitados y tenues,
pasan veloces
con la insustancialidad de los trámites,
el mundo es tedioso,
es frío y mediocre,
pocos ecos resuenan
en el regazo del corazón. 

La claridad que me inunda. XLVI

Eres, en mi alma, oleaje 
interminable y convulso 
chocando contra mi adentro 
y agitando mis entrañas 
pues tus pestañas lo encrespan 
y las ondas de tus labios 
y tus mejillas de viento 
y el torrente de tu pelo; 
hondas ansias, ante ti, 
estremecen mi fluido, 
vaivenes de tempestad 
conmueven todo mi aliento; 
eres agua que me inquieta 
removiéndose por dentro 
que el vórtice de tus ojos 
no la deja reposar. 

La claridad que me inunda. XLV

Presúmeme, niña, 
presume de hermosa, 
mírame con rigor 
como para matarme, 
domina a tu hombre, 
demuéstrame quién manda aquí; 
saca el orgullo, niña, 
que, como tú de linda, no hay nadie; 
arráncame el corazón 
con una caída de ojos, 
destrúyeme las entrañas 
mordiéndote tus dulces labios, 
no tengas piedad de mí, 
sométeme a tu tiranía, 
con despotismo altanero; 
fuérzame con tus encantos 
toda bonita y arrogante 
con el pelo sobre la cara 
y ladeada la boca; 
humíllame todo, 
cruel y valiente, 
y quémame por dentro 
que me tenga que rendir. 

Amanecer de la inocencia. LIII

Pido a la vida
el gozo pleno de la existencia
mientras haya luz en mi frente
y montañas de serenidad
a la hora de partir. 

lunes, 28 de abril de 2014

La claridad que me inunda. XLIV

¡Ranita, qué linda eres! 
Ranita, te quiero mucho, 
quisiera llenarte de besos 
tu cuerpecito de rana. 
¡Qué precioso es mi bichito, 
qué resalado y gracioso, 
es la cosita más tierna 
que he conocido jamás! 
Te quiero mucho, ranita, 
en la raíz de mi pecho 
te tengo entera metida. 
Mi ranita es mi locura, 
lo que más quiero en el mundo, 
lo más bello de mi vida, 
acércate que te mime 
tu sapito enamorado. 

La claridad que me inunda. XLIII

No ansío tu felicidad para corresponder 
a todo cuanto haces por mí 
sino porque la ternura desborda 
en mi asombrado corazón, que intuye 
tanta inocencia y belleza 
en el misterio de tu esencia 
que ofrendarse entero a ti 
es su bien más alto. 

Amanecer de la inocencia. LII

Vuélvete tormenta, río desbordado, 
volcán, incendio devastador, 
para liberar al mundo, 
no te reserves aliento 
para otros menesteres. 

Amanecer de la inocencia. LI

Si no haces nada por los otros, 
¿quién te creerá real?  
Cuando se cierre tu ataúd, 
el mundo ignorará 
que tuviste una vida. 

Amanecer de la inocencia. L

Arroja de tu alma el conformismo,
es tu prisión, tu freno,
tu corazón anhela el bien y detesta
el desencanto que le sojuzga,
despierta tus venas a la libertad,
en tus semejantes, la hallarás,
ellos son la vastedad infinita
donde te espera el placer,
sacúdete tu gris mediocridad,
tu falta de fe, tu desesperanza
y prepárate para transformar el mundo,
tus manos tienen el poder
de las tempestades. 

La claridad que me inunda. XLII

No es de conformistas 
hacer bien alguno, 
solo ama el alma 
que se entrega por completo, 
solo hay bondad en el pecho 
que no transige con el mal. 

domingo, 27 de abril de 2014

La claridad que me inunda. XLI

El tizón de tus cabellos 
y de tus largas pestañas 
quita el helor a mi pecho; 
tus ojos y tus labios son 
rescoldos del Sol, 
eres espiga madura
forjada en ternura y fuego; 
toda tu piel es hoguera 
para mi corazón aterido 
y toda tu alma, ardiente brisa 
de un mediodía de estío; 
eres la llama que me conforta 
y me insufla la vida, 
eres el calor que me da el aliento 
y reanima mis arterias. 

La claridad que me inunda. XL

No siempre te hablaré
alentado por la inspiración,
a menudo llegaré a tus oídos
con pequeñas palabras
que manifiesten mi desnudez
y desvelen, más que nunca,
mi frágil fundamento
pero el amor que te debo,
que conmueve mis entrañas
como oleaje tempestuoso
que busca tu dulce orilla,
no sabrá nunca flaquear
pues tu perfume ha llegado
a la raíz de mi ser
y la ha vuelto su propiedad. 

Amanecer de la inocencia. XLIX

¡Qué poco vale esforzarse 
en lograr la aprobación 
con el pecho oprimido 
por el temor al rechazo! 
¡Cuánta fatiga arrastra 
quien oculta su flaqueza 
envuelto en un sombrío horror 
porque cree manifestarla! 
¡Que necio es buscar el afecto 
de quien no nos aceptaría 
si supiera quiénes somos! 
Descansa dulcemente 
en el regazo de quien amas 
porque él no duda un instante 
de la fuerza de tu corazón. 

La claridad que me inunda. XXXIX

Creen los esclavos de la virilidad, 
cobardes sembradores del mal, 
que la mujer ha de ser humillada 
para obtener de ella placer; 
su máscara de fortaleza, 
baja y corrompida, 
les protege de la opinión, 
nada más les importa. 
¿Cómo se puede hacer sufrir 
a una reina de las flores, 
a una princesa del mundo, 
a un hada llena de magia, 
a un ser tan repleto 
de hermosura y dignidad? 
Tú no eres mi mujer, 
eres mi hermana, 
eres mi amiga 
y todo mi placer 
es colmarte de felicidad. 

Amanecer de la inocencia. XLVIII

No quiero afecto de estatuas 
de empinada dignidad 
que me obliguen a ponerme 
encima de un pedestal, 
que no me quieran censores 
que te imponen su verdad, 
que no me quieran vecinos 
que te exigen ser igual, 
ni afectuosos carceleros 
que escarnecen al amar, 
que no me quieran beatos 
que me hablan de humildad 
con la arrogancia en el alma 
y llenos de vanidad 
ni la persona indolente 
que, al caer en la maldad, 
no sabe pagar su deuda 
y ahonda su iniquidad; 
entre esa gente, me siento 
dentro de un traje espacial, 
su roce me hiere el alma 
y hace a mi boca callar, 
que no vengan a buscarme 
para obligarme a charlar, 
que no me extiendan su mano 
que no la quiero estrechar, 
que no se sienten conmigo 
para contemporizar; 
entre esa gente, no puedo 
estar feliz y gozar 
porque la inquietud me quita 
toda la serenidad. 

sábado, 26 de abril de 2014

Amanecer de la inocencia. XLVII

¡Qué pena me da 
la mala gente! 
Siempre ocupada en hacer daño, 
rebuscando en su mente, 
llena de dobleces y sombra, 
para sacarle a la vida 
un poquito de sangre más. 
¡Qué mal lo pasa al cerrar 
las puertas de su casa 
y ver lo sola que está 
y lo oscura que es su vida, 
sin amigos, sin amor, 
sin nada verdadero, 
solo con su maldad 
hiriéndole en el corazón! 

Amanecer de la inocencia. XLVI

El pene de un diablo es diminuto,
flácido y arrugado,
no le da placer alguno,
si acaso cuando se jacta de él
y fabula con sus hazañas
ante las pobres almas
a las que atormenta.
¡Qué pobre es el placer
de un inmundo diablo,
con esa cosa tan chiquita
asomando entre las piernas! 

Amanecer de la inocencia. XLV

Los inquisidores llevan,
en su maletín, los diablos,
peludos y horripilantes
como fieras sin alma,
con regocijo en los rabos
como chuchos ante un filete
y con cuernos de cabrito
pues de las cabras les viene
su tan gentil hermosura;
hacen vida estos demonios
de torturadores,
se dedican al escarnio
y son peritos en asustar;
sirven a sus señores,
los que administran las culpas
que los besan en el culo
y los quieren con locura
porque el mal es su negocio
y viven para sembrarlo.
No me dan miedo estos ogros,
que retraen a los medrosos,
yo los transformo, a mi gusto,
en lo que más me conviene,
no me dura a mí un demonio
ni la mitad de un combate
pues la esperanza me alienta
y no me frenan los límites.
Los señores de la culpa
quieren atarme cortito
mas sus manejos tropiezan
con mi dignidad altiva. 

Amanecer de la inocencia. XLIV

De un sucio puñado de estiércol, 
ha brotado un cerezo, 
el Diablo se ha hecho mariposa, 
el barro, verde hierba, 
la herida, cicatriz saludable, 
el dolor, experiencia, 
la infancia, ternura en el corazón, 
la vergüenza, dignidad, 
la condena, amor, 
el miedo, esperanza, 
ha salido el pájaro de su jaula, 
no queda más que libertad, 
el aire llena mis pulmones, 
la oscuridad de mi alma 
se ha disipado en este amanecer, 
cuanta corrupción había 
se ha transmutado en inocencia. 

Amanecer de la inocencia. XLIII

He derrotado al mal,
he transformado en oro el lodo,
mi corazón ha arrancado sus sueños
a la opaca materia,
el Demonio inmundo frenaba mi aliento
pero mi esperanza lo ha convertido
en una sencilla rosa.

La claridad que me inunda. XXXVIII

Cuando me acerque a tu casa,
tengo que darte en la mano
un manojo de flores frescas
para que te haga compaña
un puñado de hermanitas;
tu rostro es un jardincito
de margaritas y rosas
porque figura tu aliento,
que es el resplandor de un ángel;
eres tan bella, nenita,
que te hundes en mis entrañas
y tanta miel viertes en ellas
que mi pecho la derrama. 

viernes, 25 de abril de 2014

La claridad que me inunda. XXXVII

A una niña tan bonita, 
tan buena y tan tierna como tú, 
¿cómo no iba a quererla, 
cómo no iba a entregarle 
la vida y el alma? 
¿Qué cosa más importante 
tendría yo que hacer en el mundo? 

La claridad que me inunda. XXXVI

Entraste en mi pecho 
con tu infinita hermosura 
y desterraste para siempre 
las sombras de mi corazón, 
este amor no es del lodo, 
no es de la calle, 
no es de los entendimientos, 
no es un contrato con artículos, 
ni un arreglo, ni un amaño, 
ni la imbecilidad de un poeta, 
este amor habita las estrellas 
y su llama arderá eternamente. 

Amanecer de la inocencia. XLII

Mis alas juegan arriba, 
entre la brisa gozosa, 
mi hogar son las altivas ramas 
de los árboles generosos, 
mis trinos salen del corazón, 
ninguna inquietud los reprime, 
mi alma es solo de aire, 
el lodo no puede alcanzarme. 

Amanecer de la inocencia. XLI

¡Qué peso tan insoportable 
la soledad de la culpa 
y qué infinito esplendor 
el regazo del ser amado! 
No hay mayor bien en el mundo 
que la felicidad del afecto, 
un corazón que despierta 
a un amor sin límites 
y lo entrega entero   
sin pedir nada a cambio 
se despoja de su carga 
y destruye sus prisiones. 

La claridad que me inunda. XXXV

Si fuera adepto de la autoridad 
y tú no fueras tan inteligente, 
traviesa niñita mía, 
te quedarías sin postre 
cada vez que me dejaras solo. 

Amanecer de la inocencia. XL

Este temor inquietante
no puede mi alma pequeña
llevarlo consigo,
tanta angustia no le cabe,
tanta desazón la abruma,
que vuelva mi luz,
que mi miel regrese
porque esta oscuridad me arranca
toda mi dulce esperanza. 

Amanecer de la inocencia. XXXIX

¡Qué tibio es el mundo,
qué vacía está la vida,
qué tedioso es todo,
qué banal y pequeño!
Solo la llama de esperanza
que deja en el corazón
la caricia de un semejante
puede disipar las sombras
de tan amargo valle. 

jueves, 24 de abril de 2014

La claridad que me inunda. XXXIV

El amor que yo te doy
no es un presidio de marfil,
urdimbre de una voluntad cobarde
enemiga de tu esperanza,
el amor que yo te doy
es desmedido como un abismo
pero al rozarte es leve
como la brisa más tibia. 

Amanecer de la inocencia. XXXVIII

No escribo poemas 
para hacer más cómodas las vidas  
sino para mover seísmos 
y turbar los corazones, 
para humillar la indolencia 
y desterrar el sufrimiento. 

Amanecer de la inocencia. XXXVII

¿Qué sabrá de libertad
el alma que ama tibiamente
y que guarda para los otros
montañas de desprecio? 

La claridad que me inunda. XXXIII

Tu ausencia se parece
a la misma muerte,
nada es más amargo
que sentirte lejos. 

La claridad que me inunda. XXXII

No puedo asirte, tierna mariposa, 
tus alas son frágiles 
y tu corazón, libre; 
acércate 
y entra tú misma en mi pecho 
porque la vastedad que lo habita 
solo a ti te pertenece. 

La claridad que me inunda. XXXI

No trae tanta sombra
la pertinaz lluvia
que despoja las ramas de los árboles
en el oscuro noviembre
y puebla de absurdas gotas
los cristales de las ventanas
dejando vacío el corazón,
que añora el brillo del sol,
como tu ausencia más breve,
amargo tormento de mis entrañas,
anhelantes de tu luz. 

La claridad que me inunda. XXX

He pasado mi vida sintiendo 
que amar era un pecado, 
el peor de todos, 
castigado con vergüenza e infortunio 
y que yo era un ser abyecto 
por ansiar la ternura, 
condenado a apurar hasta el fondo 
la copa de su sufrimiento; 
nadie pudo persuadirme 
de que estaba equivocado 
hasta que llegaste tú 
y arrancaste de mi corazón 
toda su sombría carga; 
has venido a traerme el placer, 
te debo el júbilo de existir, 
ya no dudo de que el mundo 
aloja el edén más alto; 
la luz que porta tu aliento 
es la cumbre de la verdad, 
en ella descansa la fe 
que hace infinita mi esperanza. 

miércoles, 23 de abril de 2014

La claridad que me inunda. XXIX

Sería un honor desmesurado 
que me hicieran dueño 
del valle más apacible de la Tierra 
o que dieran mi nombre 
a una parte del firmamento 
o, más aún, que se abrieran las flores 
cuando yo las rozara con mi mano 
o que el Sol se detuviera 
para que las sombras de la noche 
no interrumpieran mi paseo 
mas no son privilegios tan excelsos, 
según acierto yo a verlo, 
como que quieras mirarme 
y que seamos hermanos 
y que escuches mis palabras 
cuando te expresan amor. 

Amanecer de la inocencia. XXXVI

¿Por qué la sombra cubre
una parte de nosotros,
por qué odiamos y despreciamos,
por qué nos exaspera un semejante,
por qué nuestro corazón se impacienta,
protesta y se irrita contra otro ser?
¿Por qué nos volvemos
esclavos del prejuicio
y cautivos de la culpa?
Si no hemos de ser nosotros mismos,
¿qué otra cosa entonces? 

Amanecer de la inocencia. XXXV

Se avergüenzan los hombres
de su fragilidad,
todo se lo pueden perdonar
excepto lo que no pueden eludir. 

martes, 22 de abril de 2014

La claridad que me inunda. XXVIII

Se rozan los hombres 
con lenguas de piedra, 
como si no fueran frágiles, 
como si no sufrieran, 
ocultando la ternura 
para que no los hieran; 
pero a ti puedo enseñarte 
la llaga de mi fragilidad 
porque es la tuya, 
que nos habita a los dos. 

Amanecer de la inocencia. XXXIV

Atraviesan la Tierra 
cordilleras de agonía, 
tinieblas interminables 
castigan a los hombres; 
es triste el sufrimiento, 
inútil y exasperante, 
ojalá pudiera mi mano 
desterrarlo para siempre, 
¿por qué no se abre un abismo 
entre las flamas del Sol 
que arrastre hasta su vivo fuego 
toda la desolación 
que puebla nuestro mundo? 

La claridad que me inunda. XXVII

Para algunas personas, soy 
tan solo un inútil, 
nada es suficientemente bueno 
viniendo de mí, 
aunque las encerrara 
en un paraíso eterno 
y llenara sus corazones 
de una inagotable felicidad, 
seguirían esperando 
un poco más de mí 
como lo esperan de sí mismas 
en su laberinto de culpa; 
tú no me exiges nada, 
en ti descansa mi aliento 
y se redime mi pecho, 
no me pides un tributo 
por estar en el mundo. 

La claridad que me inunda. XXVI

Hoy me siento poco valioso, 
lo he visto en mi rostro, 
despojado de belleza; 
ese hombre que me observa 
con tristeza y fatiga 
desde dentro del espejo, 
¿cómo puede merecer 
tan hermosa mariposa? 
¿Qué puede hacer por el mundo 
cualquiera de sus muchos libros, 
incapaces de conseguir 
un lector que los compre? 
¿Qué puedo darte a ti 
si no tengo más que fantasía, 
sombras y viento 
que el vacío absorbe? 

La claridad que me inunda. XXV

¿Cómo explicar a mis lectores, 
avispados y diestros en razonar,
gente seria y responsable, 
que cuanto más dura y rigurosa 
te muestras conmigo 
más ganas tengo 
de comerte a besos la carita? 

lunes, 21 de abril de 2014

La claridad que me inunda. XXIV

Bien de mis días, 
acógete en mi seno 
que ansío protegerte y abarcarte, 
descansa en mi regazo, 
ven a mi pecho; 
me conmueves y enterneces, ángel mío, 
quiero sacarte del mundo, 
y guardarte en mis brazos. 

Amanecer de la inocencia. XXXIII

No te detengas, 
atraviesa tu cercado, 
quiebra el muro que te encierra, 
lánzate al viento, 
no tienes límites, 
has nacido para el gozo, 
es preciso que consigas 
lo que tu corazón te demanda. 

Amanecer de la inocencia. XXXII

Tienes que jugar,
como los niños y los pájaros,
nada es más urgente,
conquista tu libertad
al llegar cada aurora,
no dejes que te derrote
la amarga rutina
y sepulte tu alegría
bajo su manto de tedio,
no llenes de dolor
las vidas de los otros,
entregado a tu miedo
y a tu frustración;
juega, juega, juega,
deja tu rastro en el viento,
que no se extinga
la tierna llama de la ilusión
porque solo hay un mundo para gozar. 

La claridad que me inunda. XXIII

Eres un enjambre
de mariposas
atravesado por la brisa,
te revolotean
hasta en lo más hondo del alma. 

Amanecer de la inocencia. XXXI

Como garrapatas se agarran al poder 
las almas primorosas, 
son impolutas, resplandecientes, 
y no como las otras. 

domingo, 20 de abril de 2014

La claridad que me inunda. XXII

Negra amargura me inquieta
porque quisiera beber
la miel de tus ojos
y es imposible,
porque quisiera mecerme
en el mar de tus labios
y es imposible,
porque quisiera respirar
la brisa de tu alma
y es imposible,
porque quisiera ver el mundo
a la luz de tu corazón
y es imposible. 

La claridad que me inunda. XXI

No escribo sobre el amor 
con la máscara de la jactancia, 
no debo nada 
a las caretas mundanas, 
poco aprecio su complicidad, 
que envuelve una sórdida servidumbre, 
yo he triunfado solo de mi sufrimiento, 
despreciando con intransigencia 
el tibio y falso afecto de la hipocresía 
aunque eso me condenara 
a la más terrible soledad; 
nunca ha habido en mi semblante 
otro rictus que el de la verdad, 
no traicionaré jamás 
la sinceridad de mis versos, 
alentados por este amor 
que ha redimido mi corazón para siempre, 
por arrancar 
grises muestras de sumisión 
de los esclavos de la apariencia. 

La claridad que me inunda. XX

Me heriste el deseo 
con tus ojos como flores, 
tus labios como una aurora, 
tu cabello tenebroso, 
aguijaste mis ansias 
con el apacible roce 
de tu aliento perfumado, 
me atravesaste el alma 
y toda la ternura del mundo 
se aposentó en mi pecho. 

La claridad que me inunda. XIX

No es tu afecto, dulce niña, 
lo que da claridad a mis días 
sino el resplandor hiriente 
de tu infinita gracia 
pero tus caricias dejan, 
en mi pecho conmovido, 
los desmedidos goces 
de la brisa perfumada del Edén. 

Amanecer de la inocencia. XXX

Para sumergirse en el infinito,
hay que olvidar las palabras
y despojarse de la ropa. 

La claridad que me inunda. XVIII

Por querer, fue mi corazón
arrojado al fango,
sin clemencia, furiosamente,
para expulsar de mi pecho
el sosiego y el orgullo;
me arrebataron del alma
el sendero del cariño,
sembraron, en mis adentros, tinieblas
y mi vida tomó la derrota
de la desesperación;
una eternidad me atormentó
el espectro de la humillación,
veía en el amor
una sucia banalidad
que dejaba una mancha de vergüenza
y contemplaba la muerte
como el fracaso final
de un deseo del otro
irrenunciable pero cargado de culpa;
cuando llegaste,
tu sencillez me asombró,
la pureza de tu ternura
llenó de calor mis venas,
exilió el invierno de mi sangre
porque no había mancha en quererte,
quererte era la primavera, la luz,
la libertad, la brisa, el amanecer,
quererte era inocencia y dignidad,
a todo podía enfrentarme si fuera menester
a cambio de seguir adorándote
porque no había nada más noble
que hacerme tuyo;
tú liberaste mi ruta,
abriste mi horizonte,
disipaste la sombra
que me ataba al abismo;
tu roce me ha sanado
has arrancado la agonía de mi entraña
con tu brisa perfumada y tu mirada cálida,
te debo el Paraíso,
has aliviado mi carga
y el júbilo colma mis días. 

sábado, 19 de abril de 2014

La claridad que me inunda. XVII

Eres un hada inmortal 
y mi pecho se aflige 
porque añora poseerte 
eternamente. 

Amanecer de la inocencia. XXIX

No hay riesgo que deba detener 
tus ansias de vida, 
eres tu propio dios, 
avergüénzate del miedo, 
llena de infinito tu pecho, 
deja que tu corazón estalle 
de júbilo y esperanza. 

Amanecer de la inocencia. XXVIII

Tu laberinto de culpa y aflicción 
es la única magia que esperas de la vida; 
alguien te arrebató la esperanza 
y quebró tus alas, 
alguien te dijo que la realidad no era 
libertad y júbilo; 
la sombra oscura de la autoridad 
sembró en tu aliento la agonía 
y ya no vives más que para cultivarla 
en tu regazo doliente; 
no escuchas 
la voz desnuda de tu pecho 
que te impulsa hacia las praderas, 
hacia el mar, hacia el horizonte, 
hacia la luz del amanecer; 
la desolación te acompaña cada día, 
la decepción es tu amiga, no quieres 
abrir tu corazón al placer, 
tan solo revivir eternamente 
la tiniebla que te sojuzga. 
¿Cómo podré convencerte 
de que los hombres no tenemos dueño, 
de que tus alas aman la brisa, 
de que solo la primavera del alma 
puede entregarte el mundo? 

La claridad que me inunda. XVI

Eres una niña tímida de grandes ojos
que observa en silencio
con circunspecto interés
entregándose a la reflexión
con todo el poder
de su profunda inteligencia;
también ahora me miras y no dices nada
no sabes de qué voy a hablarte,
intentas adivinarlo,
tu cabecita está dándole vueltas al tema
porque no acabo de arrancarme;
te cojo las manos,
las estudio concienzudamente,
como perdido en mis pensamientos
y, por fin, te digo:
-Preciosa nenita, 
¿sabes que no hay nada en este mundo 
que ame tanto como te amo a ti 
porque eres lo más bonito 
que he visto en mi vida? 
¿Cómo te han hecho a ti tan preciosa, 
donde han encontrado tanta belleza 
para hacerte a ti tan linda? 
Y tú me sonríes,
admirada
por el absurdo de mis preguntas
y con tu corazón de niña
colmado de dicha
por saberme tan tuyo. 

Amanecer de la inocencia. XXVII

A la artista Lluvia Rojo

El espíritu mezquino,
corrompido por el egoísmo,
cree la belleza
escenario de lo inmundo,
depravación de los sentidos,
tentación de un instinto banal
de la que hay que apartar a la infancia
pero yo sé de su inocencia,
no hay mancha en la belleza,
no es culpable, no es sucia,
no es sierva de ningún interés,
no oculta la verdad
tras una hipócrita máscara,
es la forma en que la realidad
se manifiesta al corazón
que, estremeciéndose de placer,
se vuelve reflejo de lo que ve
para llenarse de universo. 

viernes, 18 de abril de 2014

Amanecer de la inocencia. XXVI

Ignoras tu belleza cuando la ves 
con los ojos de la calle. 
¿Para qué quieres ser 
un poco más alto, 
un poco más guapo, 
un poco más ocurrente, 
un poco más fuerte, 
un poco más culto 
si estás hecho de infinito 
y ni el mismo Universo 
es capaz de contenerte? 

Amanecer de la inocencia. XXV

Abandona tu interés por la importancia,
deja a un lado tu fascinación
por la política y los deportes,
por los relojes y los calendarios,
por las isobaras y el índice de la bolsa,
por los automóviles y las exportaciones,
hazte niño, regresa a la inocencia,
llena de tiernos brotes
tu leñoso corazón,
abre tu ventana a la verdadera realidad,
a esa que no tiene límites
y te estremece el alma.

La claridad que me inunda. XV

¿Qué pueden las palabras 
decir de ti? 
¿Quién podrá nombrarte, 
explicarte, reducirte a conocimiento 
si eres vastedad infinita, 
belleza que rebasa 
las medidas de la razón. 

La claridad que me inunda. XIV

No es una carga para mi aliento 
ser el poeta que te canta, 
te amo en mis versos, 
en mis versos, vivo, 
el corazón me los dicta, 
mis palabras son aire, luz, 
nubes, rocío, amaneceres, 
mis palabras son mi instinto, mi hartura, 
no es una carga 
escribirte poemas, 
mis letras son el viento 
que la verdad escala, 
no hay adorno en mis poemas, 
su belleza no ha de caer 
como una máscara que asfixia y agobia 
porque bebe de mi pecho 
que palpita solo por ti. 

La claridad que me inunda. XIII

Amada, lléname de flores, 
cúbreme de hierba, 
hazme espeso bosque, 
que el verdor de la fronda colme mis lindes, 
amada, trae la vida a mis confines, 
hazme selva, jungla exuberante, 
que quiero que apuren mis venas 
hasta la última gota de realidad. 

Amanecer de la inocencia. XXIV

Sé que me amaréis 
porque llevo las manos repletas 
de semillas de esperanza, 
porque os ofrendo mi lluvia 
y mis frutos y toda mi luz, 
no me frena la mezquindad, 
el infinito me colma, 
cultivo solo el corazón, 
no me preocupa otra cosa, 
sé que me amaréis 
porque no hay sombras en mi aliento. 

La claridad que me inunda. XII

¡Cuánta noche hay en tu pelo
y en tus ojos y en tus labios
y en tu frente y en tus manos
y en los secretos de tu cuerpo!
¡Cuántas estrellas tienes,
cuánta negrura,
cuánto misterio y oscuridad! 

La claridad que me inunda. XI

Niña de miel,
calor de mis entrañas,
estás hecha de flores
y hueles a paraíso. 

jueves, 17 de abril de 2014

La claridad que me inunda. X

Nuestras almas se rozan 
en un remanso aquietado, 
en una cima imperturbable y calma, 
en un claro apacible y jubiloso 
junto a la meta de nuestros afanes. 
Un sabor cálido y solemne 
como de tenue brisa de primavera 
que acaricia ramas en flor 
o de noche sublime de estío 
bajo un negro lago de estrellas 
atraviesa nuestro regocijado aliento. 

La claridad que me inunda. IX

Como una blanca y leve nube 
que, a través de la tibia brisa, 
suavemente se desliza, 
penetrada por los rayos 
del párvulo sol de la mañana, 
tan delicada que sus hebras, 
inquietas y proteicas, 
se desvanecen al viento... 
Como una blanca y leve nube, 
así eres tú, mi dulce niña. 

Amanecer de la inocencia. XXIII

Mete en tu pecho 
la felicidad de los pájaros, 
sus almas son de aire, 
de amanecer, de montañas, 
sus almas desbordan 
respirando infinito y libertad; 
mete en tu pecho 
la luz que remontan sus alas, 
el viento que penetra su corazón, 
la miel que su instinto devora; 
vives en su mundo, 
eres un pájaro, 
un pájaro lleno de inocencia, 
aprópiate de su júbilo, 
cólmate de su esperanza. 

La claridad que me inunda. VIII

Negras sombras se llevaron mi infancia
y atormentaron mi corazón mucho tiempo;
aún, a veces, las presiento
y dejan, en mi ánimo, el regusto dulce
de la desesperanza de un niño;
quiere creer mi alma
que su destino sigue cautivo
mas la hora del dolor ya ha pasado,
poco poder tiene ya sobre mí
la insidia de la culpa
pues tu mano pura no suelta la mía
y, hasta el final del camino,
el resplandor de tu presencia
liberará mi aliento de toda carga. 

La claridad que me inunda. VII

Eres mañana clara, 
la gracia de tu luz rebosa bajo el cielo
colmando de infancia la Tierra,
abres los confines al aire y la miel,
mi aliento desborda remedándote
porque no tienes límites. 

miércoles, 16 de abril de 2014

La claridad que me inunda. VI

Eres de luz pura de amanecer, 
llegas en la brisa limpia, 
tu inmensidad desborda mi pensamiento, 
eres infinita 
como la titilante eternidad. 

La claridad que me inunda. V

¿Cómo no entregarte todo mi aliento, 
todo mi corazón, toda mi voluntad 
si, en tu pecho, alean 
las mariposas de la inocencia 
y tu espíritu brilla 
con el fulgor de la infancia? 

Amanecer de la inocencia. XXII

Deja de torcer, inquieto, tu mirada 
hacia el abismo de las sombras, 
ahí no hay nada, ahí no está tu corazón, 
levanta tu rostro hacia el mío con valor, 
arroja de tus espaldas la carga de la culpa 
y permítele al mundo la luz. 

La claridad que me inunda. IV

Un río lleva a tu mar 
los pétalos que me arranco 
de la hondura de mi pecho; 
los transporta delicado, 
meciéndolos con dulzura 
en su caudal sosegado, 
sus aguas son transparentes 
y mis pétalos rosados. 
¡Qué lentamente navegan 
hasta tu piélago amado, 
sobre las ondas sedosas 
del caudal más quieto y calmo! 
Este río es el espejo 
en el que te estoy mirando, 
aquí veo tu rocío 
y la espuma de tus labios. 
Cuando mis pétalos llegan 
a su destino añorado, 
sumergidos en tus olas 
y rozados por tus manos, 
se transforman en la brisa 
con que perfumas mis campos. 

La claridad que me inunda. III

Como si las envolviera 
en su descomunal fuego 
al caer sobre la Tierra, 
llena de brasas las nubes 
el sol del ocaso 
como tu aliento de rosas 
mi corazón enamorado. 

Empleando generosa 
la belleza más sutil 
en el entorno más rudo, 
puebla la primavera 
de hermosas flores el campo 
como tu aliento de rosas 
mi corazón enamorado. 

Opulento y poderoso, 
con un lánguido rumor 
que despierta la añoranza, 
acaricia el mar sin cesar 
la playa con sus ondas 
como tu aliento de rosas 
mi corazón enamorado. 

Enredado en su alegría 
para llenarla de aire 
y colmarla de infinito, 
redime el viento 
las almas de los pájaros 
como tu aliento de rosas 
mi corazón enamorado. 

La claridad que me inunda. II

Eres un arroyo transparente, 
agua pura que corre en libertad, 
tu corazón es claro y limpio 
porque no tienes dueños 
y se abre de par en par 
como el de los niños; 
transportas la luz de los ángeles, 
inúndame de ella, 
barre mis sombras, 
penétrame con tu inocencia. 

Amanecer de la inocencia. XXI

No eres inmundo, 
en tu corazón, palpita 
el verdor de la hierba, 
la alegría de los pájaros, 
la transparencia de los arroyos; 
tienes rocío en las venas, 
tempestades, auroras, 
viento, mar, primaveras; 
no eres inmundo, 
despójate de tu carga 
y descubre tu rostro. 

martes, 15 de abril de 2014

La claridad que me inunda. I

Me has traído
la inocencia de la mañana
en tus manos blancas,
has limpiado mi pecho,
has rescatado mi infancia,
desterrada tan pronto de mi aliento
por las heridas de la culpa. 

Amanecer de la inocencia. XX

No te aburras nunca; 
cuando empieces a notar 
la amenaza de la rutina, 
saca de tu baúl de sueños 
el más osado de todos. 

Llama de mi sol ardiente. CCCX

Cuando se haga eterna 
la sombra de la noche, 
cuando el murmullo del tiempo 
calle para siempre, 
cuando la belleza del mundo se apague 
y no quede un corazón capaz de añorarla, 
¿qué quedará del amor que sentimos? 
Yo no sé si algo quiebra 
el anhelo de las manos, 
no sé si algo rompe 
las bocas que se amaron, 
no sé si el algo devora 
la plata de las miradas, 
no sé si un abismo infinito 
con hambre desmesurada 
arrastra hasta su vacío 
los brotes del Sol, 
yo no sé si nuestras almas 
se extinguen en el crepúsculo 
languideciendo remotas 
como desdichadas estrellas 
pero este fuego de mis venas 
arde con llamas de hierro, 
su agitación anhelante 
lame confines y cimas 
como incendio poderoso 
que ilumina y no devasta; 
el clamor de mis entrañas 
no lo entiende mi boca, 
yo no sé si, al fin, se enfría 
esta hoguera tempestuosa 
bajo las sábanas negras 
pero quien ama remonta 
el secreto de la vida 
y consume hasta su fondo 
el placer de haber nacido. 

lunes, 14 de abril de 2014

Llama de mi sol ardiente. CCCIX

Hay rayos en la primavera
donde asoma el infinito,
hay brisas en abril
que transportan la eternidad,
tu rostro no es de los días,
desborda mis sentidos,
colma la inmensidad,
se pierde en lo invisible. 

Llama de mi sol ardiente. CCCVIII

Cuando venga el mar,
infinito y llano,
no me sepultarán las olas,
viajaré en un barco azul
empujado por el viento
hacia la cálida eternidad
con tus besos en mi corazón. 

Llama de mi sol ardiente. CCCVII

Mi alma se precipitó 
en un abismo sombrío 
apenas despertada a la vida; 
un horror y amargura infinitos 
destilaron mis desdichados días
durante demasiados años, 
se demoraba el ángel 
que tenía que salvarme; 
llegó desde una estrella clara, 
en mis entrañas oscuras, 
siempre había brillado 
su esperanzador reflejo; 
su voz pura me ofreció su luz 
desde su distante mundo, 
me habló del amor sencillo, 
del placer y la libertad; 
rompió los hierros de mi pecho 
con su tenue perfume, 
arrancó las puertas de mi prisión 
y abatió sus muros 
con la levedad de su aliento 
y su delicada mirada. 

Amanecer de la inocencia. XIX

Dios y el Diablo se jugaron mi alma 
en una noche loca, 
la duda se levantó en el aire: 
¿quién ganará? 
mientras mi corazón estaba 
solo en el abismo; 
su borrachera entre colegas 
les dio osadía, 
ganara quien ganara, 
me harían la vida imposible; 
se jugaron mi alma, 
como truhanes que eran, 
uno fingía ser bueno, 
el otro no fingía, 
llenos de maldad los dos; 
arrojaron los dados 
pero quedaron de canto, 
así los puso el ardor 
que atravesó mi pecho 
al vislumbrar la dulce luz 
que portaba mi ángel 
y, desde entonces, sucede 
que no soy de Dios ni del Diablo: 
el amor me liberó 
de su odiosa tiranía. 

Llama de mi sol ardiente. CCCVI

Escúchame las palabras 
que ahora salen de mi boca 
porque quiero que sonrías 
y te brille el corazón: 
te amo más que a la vida, 
eres lo que yo respiro 
y lo que me tiene en pie; 
eres mi niña pequeña, 
dulce, bonita y graciosa, 
apacible y buena; 
voy a llenar tu rostro 
de besos de miel e infancia 
para subirle el rubor 
y que te pongas más linda;
eres más hermosa, amada, 
que un gran enjambre de estrellas
porque te brillan los ojos 
con más seductor misterio; 
te quiero regalar 
todas las luces del cielo 
para volverlas las cuentas 
de tu collar de princesa; 
tu boca me parece 
la joya del Paraíso, 
el Universo rueda 
haciendo de ella su centro; 
las caricias de tus manos 
curan mis enfermedades 
y a mi alma le conceden 
la vida eterna; 
por un beso en mi mejilla 
te entregaría el aliento 
pues volvería a la vida 
cuando me lo dieras; 
sonríeme, cielo mío, 
y alumbra tu tierno pecho 
que tu alegría es la cumbre 
de los gozos de mi vida. 

domingo, 13 de abril de 2014

Amanecer de la inocencia. IX

Hay una valla 
cruel e inexorable, 
bañada por un sol tirano 
que lleva a la garganta 
la desazón de la sed, 
una valla de escarnio y condena 
que barre del corazón la esperanza, 
una valla levantada 
por el odio y la ira, 
el desprecio y la arrogancia 
que me detiene el paso; 
guarda un desierto estéril 
con espejismos de edén, 
guarda la vida gris 
de unas almas condenadas; 
quiero cruzar esa valla, 
caminar al horizonte, 
avanzar sin detenerme 
hasta que pierda de vista 
la valla y lo que guarda. 

Llama de mi sol ardiente. CCLXXVI

Hemos de cultivar 
el corazón de los otros, 
una cosecha de armonía 
merece nuestra entrega y servicio, 
nuestro sacrificio y esfuerzo 
aunque, al hacerlo, 
nos salgamos un jeme 
del camino de nuestro instinto; 
no somos marionetas de los otros 
pero tampoco sus enemigos, 
tenemos que llegar hasta ellos 
robando pasos a nuestro deseo 
porque nos debemos 
a su felicidad; 
las almas son remotas, 
pocas tocan nuestro aliento, 
casi todas están 
al otro lado de un abismo 
y, sin embargo, tú estás 
pegada a mi raigambre, 
tienes esencia mía, 
eres clara para mi pecho 
y agradarte es un impulso 
más irrefrenable aún para mí 
que aspirar el aire. 

Llama de mi sol ardiente. CCLXXV

Voy a aprender a pintar, niñita,
y tú serás mi lienzo;
en tu blanquísimo vientre,
con doce rotuladores,
cada uno de un color,
te pintaré cocodrilos
y jirafas y palomas
y golondrinas y perros
y cerditos y monos
y ranitas y camellos
y, alrededor del pocito
de tu dulce barriguita,
pintaré las orillas
de una laguna encantada
con florecitas naranjas
y un castillo con almenas,
todo muy chiquitito
porque eres muy delgadita;
te quiero pintar también
un mar junto a tus costillas
donde naveguen los barcos
con rumbo a Madagascar
y, en el borde de tus braguitas,
pintaré una aurora
que parezca la rosa corola
de una rosa resplandeciente. 

Llama de mi sol ardiente. CCLXXIV

Tu cuerpo tiene un bosque, 
tiene barrancos y desfiladeros, 
colinas y praderas, 
grutas y anfractuosidades 
pero es mediodía radiante, 
primavera sencilla, 
las mariposas lo cubren, 
la brisa lo recorre 
y mis manos no lo temen. 

sábado, 12 de abril de 2014

Amanecer de la inocencia. VIII

¡Qué sucia está la conciencia 
del noble guerrero, 
qué imperioso es para él 
destruirse en el otro, 
cómo aguza la puntería 
para no mirarse a sí mismo! 

Amanecer de la inocencia. VII

Esclavos atormentados por el miedo, 
almas sin rostro que renuncian a ser, 
no hay luz en las malas conciencias, 
no son dueñas de su camino, 
se ocultan, angustiadas, de las miradas, 
la vergüenza las tortura, 
creen merecer su sufrimiento, 
no hallan posada en el mundo, 
hieren a los otros, los humillan 
para ahondar más su agonía, 
no hay esperanza en sus pechos, 
encadenados a la penumbra, 
siempre velados, siempre remotos, 
siempre en su abismo sin final. 
Dime, corazón entregado al mal, 
¿quién te prohibió vivir, 
quién te dijo que eras abyección, 
por qué huyes de tu instinto, 
por qué apartas tu mirada del espejo, 
por qué se enreda en tu rostro 
la mueca del terror? 
¿No sabes que eres libre, 
que tu fatiga y tu desaliento 
son una mentira, 
que puedes mover una montaña con la luz 
que ansía brotar de ti? 

Amanecer de la inocencia. VI

No hay amor en un corazón 
que no se ha redimido, 
tan solo ansia de humillar 
y causar dolor, 
su cárcel son los otros 
y, en el frío de sus paredes, 
encuentra su único gozo. 

Amanecer de la inocencia. V

¡Qué seducción,
mover rebaños,
ser dueño de voluntades,
someter a mi arbitrio
una multitud obediente y adicta
que me crea su dios!
¡Qué seducción,
mover rebaños,
esquilarlos con mano firme
para hartarme de lana
y ordeñar las opulentas ubres
de las obsequiosas hembras!
¡Qué seducción,
mover rebaños,
oler a oveja de lejos,
escuchar su blando runrún
todas las horas del día,
comer entre moscas,
ahogarme en estiércol,
contagiarme de la indolencia
de los borregos!
¡Qué seducción,
mover rebaños! 

Amanecer de la inocencia. IV

El espíritu enfermo 
llena su cabeza de ruidos 
porque su corazón no le habla. 

Amanecer de la inocencia. III

El alma que sufre, el alma humillada, 
quiere seguir sufriendo, 
no soporta la libertad, 
quiere seguir atada a su agonía 
para poder vengarla. 

Llama de mi sol ardiente. CCLXXIII

¿Qué escondes, qué guardas, 
niña de miel, 
qué secreto me ocultas 
que llena de brillo tus ojos? 
¿Qué habrá dentro de tus manos, 
debajo de tus ropas, 
en tus tiernos adentros 
que me pareces tan leve 
como una estrella en el crepúsculo? 
¿Dónde tienes tú esa perla, 
esa aurora, ese rayito encantado 
del que te emana tanta dulzura? 

Amanecer de la inocencia. II

Sojuzga las almas, 
en el infierno, el demonio, 
Dios y sus cohortes, en el Cielo 
y, en la Tierra, los amos del mundo. 
Pero yo no tengo dueño alguno 
porque mi espíritu es aire, 
limpio de polvo y lodo, 
mi espíritu es furia y aliento, 
ímpetu de montañas, 
desgarro de torrentes, 
mi espíritu no se inclina, 
ni obedece, ni cree, 
mi espíritu brota de su instinto 
como la lava de los abismos. 

viernes, 11 de abril de 2014

Llama de mi sol ardiente. CCLXXII

Como arroyos limpios que bajan una ladera 
son tus sedosas piernas; 
quiero cubrirlas de rosas blancas 
cuando dormites en tu lecho 
y rociarlas de monedas de oro y plata 
y, mientras tu letargo secuestra tus sentidos 
y navegas tus sueños, 
quiero besar tus rodillas, 
perderme 
en la suavidad de tus espinillas 
recorriéndolas con mi mano 
y, tras entornar los ojos 
con mi rostro pegado a tus pies, 
dormirme escuchando a los pájaros. 

Amanecer de la inocencia. I

Con despecho contemplé el mundo, 
vagué por sus afueras 
lleno de horror y vergüenza 
porque la más sombría amenaza 
hizo una marca en mi aliento 
con rigor de quemadura; 
apenas empezada mi vida, 
desterré a los otros de mi corazón, 
desterré la felicidad, el orgullo, 
la paz, la fortaleza 
y emprendí un camino 
de infinito sufrimiento; 
cerraron mi puerta al placer 
con cadenas del infierno, 
cerraron mi puerta a la esperanza 
y a la esencia que me conformaba 
y a la dignidad y a la inocencia 
arrojando sobre los umbrales 
el escarnio más inmundo; 
con amarga añoranza, 
surqué los años, 
creí que no era de aquí, 
que no merecía el amor, 
que mis semejantes guardaban 
tan solo hiel para mí; 
ahora vuelvo a la vida, 
la dicha de ser regresa a mi pecho, 
mi confusión se despeja, 
las otras almas son bellas 
como apacibles paisajes, 
me abren hospitalarias 
su pacífica puerta, 
mi confusión se despeja, 
las otras almas son bellas 
y la Tierra es mi patria. 

Llama de mi sol ardiente. CCLXXI

El alma que humilla no sabe amar, 
solo al sufrimiento sirve, 
huye eternamente de su corazón 
buscando el alivio de la sombra 
pero tú eres de luz, amada, 
tú eres de aire, 
tú eres perfume de inocencia, 
viento en mis alas, 
tú eres inmensidad en mi pecho 
y tu aliento redime mis venas. 

Llama de mi sol ardiente. CCLXX

Tus muslos son 
praderas en primavera, 
vigoroso viento que avanza sin freno, 
arroyos limpios bordeados de flores, 
caminos de mariposas desbordantes de luz, 
deja que mi mano los recorra 
con la inocencia y pureza de un niño, 
deja que los acaricie para ofrendarte 
la entraña de mi afecto, 
mi mano quiere 
llenarse de tu gracia, 
llevar hasta mi corazón 
la miel de tu belleza. 

jueves, 10 de abril de 2014

Llama de mi sol ardiente. CCLXIX

¡Qué importante es la forma 
en un amor gris! 
¡Cuántas razones lo sustentan 
y qué pocos sentimientos! 
¡Cuántos intereses absorben 
a un corazón de madera, 
tan obcecado y banal 
que renuncia a la felicidad 
a cambio de sus manías! 
¡Cuanto dinero hace falta 
cuando se ama muy poco, 
qué opulencia desmedida 
va buscando el alma tibia! 
Quiere tocar y mirar el pecho helado, 
quiere devorar y poseer, 
quiere montañas de lodo y polvo 
porque no ve lo invisible 
y, en su locura, se olvida 
del oficio de vivir. 
Mi corazón es libre, 
mi deliciosa niñita, 
nada refrena mi dicha, 
no pueblo mi existencia 
de trivialidades, 
no necesito otra cosa 
que procurar tu placer 
con mi infinito afecto 
para que desborden de júbilo 
mis apasionadas venas. 

Luces de conciencia y vida. CCL

Brillen estos versos 
con la luz de las estrellas, 
imiten sus sílabas la majestad 
del arcoíris, 
lleven el espíritu, en su seno, 
de la Tierra y el cielo, 
clamen al infinito 
y resquebrajen el firmamento 
porque son mi grito de júbilo 
para celebrar la esperanza 
y los goces del amor. 

Luces de conciencia y vida. CCXLIX

El alma que tiene miedo 
no extiende sus alas, 
el alma llena de horror 
no ama, ni goza, ni está en el mundo, 
no sabe de la esperanza, 
no ve más que tinieblas, 
su horizonte se vuelve 
sórdido y estrecho, 
el alma que tiene miedo 
solo alberga error 
y una infinita debilidad 
y ansía entregarse a cualquier dueño 
porque su vida es un camino 
desolado y frío. 
Escupe tu miedo, 
dile a tus amos que no los necesitas, 
que su inmundo pecho es asiento 
de la depravación más baja, 
que su tiranía ha acabado para siempre, 
que la Tierra es para la libertad y el bien, 
para los niños y la primavera, 
echa afuera tu temor, 
exílialo de tu corazón, 
solo cuentas con este lugar 
para gozar de un paraíso, 
tienes que arrojar tu miedo 
de la hondura de tu entraña 
y despertar al amor 
y a la luz de la inocencia. 

miércoles, 9 de abril de 2014

Luces de conciencia y vida. CCXLVIII

Perdido el placer de vivir, 
errando por el mundo 
con el corazón vacío y yerto, 
sintiéndome estafado, abandonado 
y en la más dura miseria, 
contemplaba la muerte con la amargura 
de quien no ha llegado a existir. 

Luces de conciencia y vida. CCXLVII

La caricia de amor es burlona 
pero no humilla ni sojuzga, 
mi anhelo es de bien y pureza 
y no de sombría iniquidad. 

Luces de conciencia y vida. CCXLVI

Cuando el gozo de la vida 
invada todo tu ser, 
cierra la boca, 
aprieta los labios, 
no dejes abierto 
ni un resquicio a la maldad 
y sigue gozando con júbilo 
pues ya nadie te podrá quitar 
lo que es solo tuyo. 

Luces de conciencia y vida. CCXLV

Castigaste con el oprobio 
mis ansias de vida, 
el horror de tu brutal escarnio 
me quebró el aliento. 
¡Qué sombría fue mi existencia, 
qué miserables fueron 
cada uno de mis días, 
qué amargo y terrible, 
el largo camino! 
Hiciste una sucia cloaca 
de mi aliento inocente 
y profanaste mi paz 
con la carga más inmunda. 
El demonio levanta 
a los santos a los altares 
en su turbia trama 
plagada de desolación. 
¡Cuánta depravación, 
qué apestoso cenagal 
guarda en su corazón 
el falso piadoso! 

Luces de conciencia y vida. CCXLIV

Mi boca ya no la sella 
el escarnio de tu roce, 
ya no hay bruma en mi corazón, 
ya se remonta a las nubes, 
ya busca el aire y la luz 
liberado de tu imperio; 
el placer regresa a mis venas, 
la vida me pertenece, 
puedo gozar de mis días 
destruido tu humillante freno; 
dios o diablo, autoridad o tiranía, 
vanos son tus designios 
para mi pecho redimido. 

Luces de conciencia y vida. CCXLIII

Abandono al fin tu infierno, 
no es el mío,
es solo para ti; 
no viste la luz, 
ni sentiste el alivio de la esperanza, 
ni siquiera el amor te dio la paz; 
tu ira llenó de sufrimiento mi existencia; 
solo creíste en la pureza,
la veneraste hasta el exceso 
pero se exilió de tu corazón
porque un ansia de inmundicia lo tentaba. 

Luces de conciencia y vida. CCXLII

Cuanta luz tiene la vida quedó en poder 
de una bestia horrenda; 
ganó el predio de mi felicidad 
y lo sometió a tributo. 
El placer de vivir 
lo pagué con escarnio 
y horror pavoroso 
para dar regocijo 
a su frialdad de sepulcro. 
¿Qué quieres de mí, Satanás, 
por qué robas mi alegría 
si mi aliento es solo mío 
y es tan libre e inocente 
como la brisa de abril? 
¿Por qué mancillas mis labios 
con tu roce inmundo 
si mi pecho no te debe 
la vida que palpita en él? 
Abandona mi hacienda, 
bestia malvada y grotesca, 
que la risa de tu corazón 
se vuelva lamento infinito, 
abandona mi mundo, 
repugnante engendro, 
soy mi propio dios y mi alma 
rebosa de bondad. 

martes, 8 de abril de 2014

Llama de mi sol ardiente. CCLXVIII

Ser amado es una ambición 
tan vital y deseada 
para el corazón de los hombres 
que hay quienes la persiguen 
con la agresividad y falta de escrúpulos 
del más vil ejecutivo; 
yo he conseguido tu amor 
solo a fuerza de bondad 
pero lo que he logrado 
es, para mí, más valioso 
que cuanto el mundo encierra. 

Luces de conciencia y vida. CCXLI

Que no humillen mi debilidad, 
que no la llenen de oprobio, 
que no la toque el desprecio 
porque no tengo cosa mejor 
que esa llama de ternura 
ni en el mundo puede haberla. 

Luces de conciencia y vida. CCXL

Almas de piedra reclaman el mundo 
como si el mundo no fuera 
del viento y las mariposas. 

Luces de conciencia y vida. CCXXXIX

Hubo un tiempo en que la dulzura 
era cosa de homosexuales 
y los homosexuales eran 
despreciables delincuentes; 
hubo un tiempo 
en que solo a los mariquitas 
les gustaban las mujeres. 

Llama de mi sol ardiente. CCLXVII

No puedo soportar tu sufrimiento, 
preferiría la sombría amargura 
de verte partir para siempre de mi lado 
que arrancar de tu destino 
la felicidad y el gozo, 
por eso, sé 
que doy a tu corazón una dicha sin sombra, 
motivo de mi júbilo más íntimo 
pues el amor que me inspiras es verdadero 
como el sudor del hombre del campo. 

Llama de mi sol ardiente. CCLXVI

Tienen los hombres comunes 
la indolencia por enseña 
y el egoísmo les guía 
por su sendero gris 
pero yo doy el alma 
en cada verso, 
lea quien lea, 
reciba yo lo que reciba, 
y a ti te amo también 
con el corazón entero 
porque lo tengo libre 
y no lo frenan cercados; 
el amor que mi pecho siente 
el lodo no lo mancilla 
y remonta el infinito, 
no quiero vivir la vida 
con la mitad de mis venas, 
quiero vaciar mis adentros 
y entregar con valor 
hasta el último aliento.