lunes, 30 de junio de 2014

La claridad que me inunda. CCXXIX

Abriste tu corazón
a mi desolación,
desataste en mis entrañas
los sombríos nudos de la culpa,
me mostraste un respeto
despojado de falsedad,
tu luminoso pecho
desconocía el desprecio,
todo lo que había en él
era afecto y tolerancia,
aliviaste mi angustia,
me liberaste
de la desesperación
ofreciéndome un dulce refugio
para mi dignidad herida,
nunca te ha guiado
la voluntad de humillarme,
apaciguas mi ansiedad
como una tiernísima madre,
solo me impones la bondad
a que mi corazón se debe
y la fortaleza
que la vida me exige,
eres agua para mi alma,
aliento para mis venas,
brisa para mis alas libres,
eres el ángel de miel
que ilumina el mundo,
en ti descansa mi llama
del dolor de su fragilidad. 

Las musas corrosivas. XLIII

Hay muchos ojos que lloran 
cuando pierde un equipo de fútbol, 
muchas almas que sufren 
el dolor de la humillación 
porque faltaron goles 
para rescatar su dignidad, 
no es bueno 
que los humanos peleen 
por sus nobles orgullos, 
todos merecemos la gloria 
si nuestro corazón vive, 
pero no es este un mundo 
para la felicidad de los hombres 
sino para su castigo 
y su esclavitud. 

Las musas corrosivas. XLII

Por consenso universal, queda claro
que amar el fútbol es connatural
al hombre sencillo, bueno y cabal
y despreciarlo, al desabrido y raro.

Mas ¿habrá en el mundo mayor descaro
que pensar que se hace daño ni mal
o que no se es puro, honesto y normal
por detestar, del absurdo, el amparo?

Pues ¿que hay de puro en anhelar ansioso
la humillación de once hombres inocentes,
qué, de honesto en el sentir envidioso

de quienes el mal desean ardientes,
qué, de normal en seguir angustioso
a un baloncito entre sus pretendientes? 

La claridad que me inunda. CCXXVIII

No eres prisionera de las formas 
consensuadas y reverenciadas, 
no te sojuzga la cobardía 
de quien nunca está solo, 
solo atiendes al apremio 
de tu corazón limpio, 
por eso amarte es tan bello, 
por eso tu roce es tan dulce, 
de ti recibo la esencia 
que me fundamenta, 
eres solo brisa, 
solo rayos de luz, 
solo perfume, 
solo amor y libertad. 

La claridad que me inunda. CCXXVII

Tienes desnuda el alma 
y es tan bonita 
como la de un ángel, 
todo luz y rosas, 
miel y perfume. 

La claridad que me inunda. CCXXVI

Eres impoluta y tu poder 
transfigura mi camino, 
eres el fundamento del mundo, 
su creadora, su alma, 
la dadora de vida, 
el remanso de todo afán, 
mi cuerpo y mi espíritu 
te reverencian y aman 
sobre todas las cosas, 
eres mi redentora, 
el baluarte de todos mis pasos, 
mi amparo y refugio, 
nada hay más sagrado que tú, 
en lo más secreto 
de mis entrañas, 
palpita tu llama de amor eterno, 
eres luz gloriosa, 
verdad y esperanza, 
bienaventuranza en la Tierra, 
umbral de todos los gozos. 

domingo, 29 de junio de 2014

La claridad que me inunda. CCXXV

Podría olvidarme 
de las cálidas noches de estío 
en el corazón de mi juventud 
cuando contemplaba las estrellas 
henchido el corazón 
de la inmensidad del cielo 
y del enigma de la existencia 
soñando con el bien y la belleza 
pero nunca 
de tu rostro turbador 
y tu espíritu perfumado. 

Podría olvidarme 
de las primaveras de mi infancia 
cuando las amapolas 
brotaban por doquier 
bajo una luz inocente y pura 
y los senderos se volvían 
rutas de la ilusión 
en medio del Paraíso 
pero nunca 
de tu rostro turbador 
y tu espíritu perfumado. 

Podría olvidarme 
de los felices días de lluvia 
de mis recuerdos más lejanos, 
del placer y la paz 
con que escuchaba su rumor 
celebrando el poder de la naturaleza 
tal vez llevando en el pensamiento 
las ansias del primer amor 
pero nunca 
de tu rostro turbador 
y tu espíritu perfumado. 

Podría olvidarme 
de los amaneceres que he contemplado 
desbordando de júbilo 
presintiendo un triunfo 
en el color de las nubes, 
en la claridad del horizonte, 
en la pureza de la brisa, 
en la exuberancia del rocío 
pero nunca 
de tu rostro turbador 
y tu espíritu perfumado. 

Podría olvidarme 
de cuanto he visto en el mundo, 
del mar, de la hierba, 
de las montañas, del Sol, 
podría olvidarme 
de las cosas más apacibles 
del cielo azul, del aire puro, 
de las flores y el ocaso 
pero nunca 
de tu rostro turbador 
y tu espíritu perfumado. 

La claridad que me inunda. CCXXIV

Tus relieves y accidentes
son infinitos
pero, en todos, habita la brisa
y la hierba y las nubes
y el amanecer y las flores
y el mar y las estrellas
porque estás libre de agonía
y tu roce acaricia
y no produce dolor. 

sábado, 28 de junio de 2014

Amanecer de la inocencia. CLX

Arde en el secreto 
de mis entrañas 
una humilde llama, 
pura y delicada, 
es mi cuidado y mi gozo, 
cuanto soy y añoro 
en ella palpita, 
su tenue luz 
ilumina mi dicha, 
su leve fuego 
abarca la inmensidad. 

Amanecer de la inocencia. CLIX

Levantémonos contra el mal, 
hagamos dura la batalla 
contra la injusticia y la iniquidad, 
que quede el mundo limpio 
de dolor y sufrimiento, 
que la transigencia no exista 
para lo inmundo y deshonesto 
pero busquemos en nuestro corazón 
el perdón para nosotros, 
que atraviese nuestro reflejo 
una brisa de amanecer, 
renunciemos al odio, 
absolvamos la vida, 
arranquemos las sombras 
del umbral de nuestros ojos. 

Amanecer de la inocencia. CLVIII

Una conciencia que sufre 
no empuja a la voluntad, 
un hombre que se cree manchado 
deja morir el bien 
tras la muralla de su pecho. 

La claridad que me inunda. CCXXIII

Nunca me pides 
que haga nada por ti, 
ni expresas con palabras 
toda la hondura de tu afecto 
porque tu corazón sencillo 
no sabe darse importancia 
pero yo, cada día que pasa, 
te manifiesto un amor más entregado 
y una devoción más profunda 
pues sé, niña, que cuanto más callas 
más necesitas mi ternura. 

Las musas corrosivas. XLI

¡Qué difícil es tener
la conciencia tranquila en el ejército!
Marca bien el paso,
ponte firme,
arréglate el uniforme,
sujeta el fusil como se debe,
obedece y, cuando descanses,
no recuerdes que, en la guerra,
te pueden hacer pedazos,
haces bien a la patria
pero mal a la Humanidad,
dedicas toda tu vida
y hasta tu muerte si cabe
a asesinar y arruinar el mundo
por tan viles intereses
que más vale que no los sepas,
no entiendas de política,
tú, solo a la guerra
porque, si se te alcanza
cómo te usa el poder,
ganas te darán de lanzar
las granadas contra él. 

viernes, 27 de junio de 2014

La claridad que me inunda. CCXXII

El hombre inicuo 
abomina de la ternura, 
su vida es un camino vacío 
al que solo da sentido 
el placer de sojuzgar, 
jactancioso y cruel, 
se finge invulnerable 
porque no cree que haya nada  
más abyecto que la debilidad, 
muere cada minuto del día 
entregado al tormento del odio, 
no encuentra refugio 
contra la insidia de su espejo, 
su sufrimiento y el de sus víctimas 
se confunden y entremezclan, 
no hay más gozo en su alma 
que el del menosprecio, 
ni otro afán en sus horas 
que el castigo de su pequeñez, 
morirá mordiendo su aliento 
porque no sabrá qué es vivir 
y le parecerá una estafa 
que le robó todo el tiempo; 
nosotros sí conocemos 
el secreto de la existencia, 
somos dos niños pequeños, 
inocentes y sencillos, 
no queremos poder 
porque somos hijos de la libertad, 
no cargamos con máscaras 
pues nuestra mayor dicha 
es nuestra fragilidad. 

La claridad que me inunda. CCXXI

En nuestro mundo, niña, 
el corazón no cabe, 
solo hay espacio para el petróleo 
y la sórdida vanagloria, 
para los intereses banales 
y el todopoderoso dinero, 
los hombres tienen su entraña 
sojuzgada y fría, 
ansían un sufrimiento 
inútil y universal 
para lavar sus culpas 
con la sombra y el dolor, 
no creen en el amor 
porque no creen en sí mismos, 
piensan que se equivoca 
el vientre que los engendra 
pero yo no sé que haya nada 
más alto que tu aliento de ángel, 
la sencillez de tu alma 
es mi destino en la vida, 
¡qué poco vale en mi pecho 
un billón de toneladas 
de mugriento aceite negro! 

Las musas corrosivas. XL

Hay almas de bien que opinan
que el infinito sufrimiento
que me han causado,
en mi vida, los otros
es agua de borrajas
pues ahora soy, gracias a él,
un gran escritor y poeta
y doy entretenimiento
a la gente que me lee,
lo que es una ventaja
para la industria cultural
y el mercado editorial
pero lo que yo les diría,
si no me lo toman a mal,
es que disculpen, si quieren,
los dolores que ellas sufren
pero no los de los otros
como manda la caridad. 

La claridad que me inunda. CCXX

Eres inevitable y profunda
como lluvia cerrada,
que cae con afán
extendida hasta el horizonte. 

jueves, 26 de junio de 2014

Amanecer de la inocencia. CLVII

La soledad 
de mi afanoso sendero 
no es la del ser impuro 
ni es injusta y dolorosa, 
es la soledad del bien 
que solo sirve 
a la libertad y la verdad. 

La claridad que me inunda. CCXIX

Perplejo me deja que una niña 
tan dulce y preciosa 
me quiera a mí, 
¿por qué me querrá? 
¿Será que no soy un demonio? 
¿Será que mi pecho es bueno? 
¿Será que la luz me habita el alma 
como a los ángeles puros? 
Me asombra y me sorprende 
que la más tierna de las hadas 
me dé su amor y que ansíe 
que le entregue mi corazón, 
¿por qué busca mi regazo? 
¿Será que no soy una bestia? 
¿Será que empujo la brisa? 
¿Será que los campos florecen 
con la armonía de mis cantos? 
No me acabo de creer 
que una rosa tan bella 
me abra a mí sus pétalos, 
¿por qué le brillan sus ojos? 
¿Será que no soy inmundo? 
¿Será que soy mariposa? 
¿Será que tengo el aliento 
perfumado como ella? 

La claridad que me inunda. CCXVIII

Te amo para henchirte de júbilo, 
para alimentar tus raíces, 
para hacerte crecer y redimirte, 
para llenar de flores tus llanuras, 
para que, en tu camino, brille 
un mediodía interminable, 
para que tu aliento se extienda 
con el desembarazo del viento, 
te amo para colmarte de bienes, 
te amo sin buscar provecho, 
para dártelo todo, 
para quedarme sin nada, 
mi llaga solo es un ansia 
de vaciarme en ti. 

La claridad que me inunda. CCXVII

Déjame que abrace y te bese 
tus muslos de niña, que parecen 
gozosos torrentes de miel, 
déjame que llene de ellos 
mis mejillas y mis labios 
para saciar mi ansia 
de llevármelos al corazón, 
tus muslos tienen 
la ternura de las flores, 
la delicadeza de las amapolas, 
la inocencia y pureza 
de la luz de la infancia, 
me hundiré también con besos limpios 
como arroyo de manantial  
sobre tu pubis honesto, 
desbordando de alegría, 
sin la afrenta del deseo, 
solo porque mi alma quiere 
disolverse en tu benignidad. 

La claridad que me inunda. CCXVI

Mi niña buena,
hablarte de amor,
tocarte y besarte
es tan grave y urgente
como que caiga la lluvia
o amanezca el Sol
o duerman los animales
o se rice el agua del mar
con su eterno oleaje,
nada es más necesario
que llevarme a los labios tus manos
o rozar con mis dedos tus mejillas
o decirte que eres bonita
o apartar tu pelo de tu frente
o apretarte
contra mi conmovido pecho,
mi ternura es tarea
tan vital y sobria,
tan imperativa y trascendental
como aspirar el aire
o saciar mi sed. 

miércoles, 25 de junio de 2014

Amanecer de la inocencia. CLVI

Si no te gusta mi corazón, 
aparta de mí tu mirada 
pero no me entregues 
a la indignación de la multitud 
porque, no por insidia, 
doy mis pasos en el mundo 
sino por la voz llana de mi instinto, 
y, en cambio, a ti te conduce 
la más vil y necia hipocresía. 

Amanecer de la inocencia. CLV

Es la honra una máscara
mentirosa pero amable
que los honrados fingen
tomar por la verdad
sin pasárseles por alto
que detrás de ella no hay más
que almas crueles y egoístas.
¡Qué triste es jugar a eso
y olvidarse de amar!
¡Qué solo está el corazón
en el centro de la plaza! 

La claridad que me inunda. CCXV

Nuestro amor no es una máscara,
nuestras almas están desnudas,
no son siervas de la apariencia,
nos amamos sin mentiras,
sin ocultarnos los pechos
por una cobarde vanagloria,
solo el gozo nos une,
solo la libertad y el valor,
somos dos ángeles puros
que se aman sin egoísmo,
la verdad nos late en las venas
y la dicen nuestras miradas,
nuestras entrañas no tienen
la crueldad de esos hombres
que critican los sentimientos
y los tapan, avergonzados,
para fingir dignidad
porque es mayor su vanidad
que su mezquina ternura,
tan liviana y parca
que no les llaga el corazón. 

Amanecer de la inocencia. CLIV

Mi culpa es haber sentido, 
tener puro el corazón, 
carecer de doblez, 
no entender de costumbres 
ni de normas de educación, 
mi culpa es haber escuchado 
la voz de mi pecho 
sin saber que no era 
la que todos escuchan. 

martes, 24 de junio de 2014

La claridad que me inunda. CCXIV

Eres inocente, 
no me cabe acusación 
bajo un amor tan poderoso, 
cada uno de los rincones 
de tu dulce cuerpo 
merece mi aprobación, 
lo más recóndito y escondido 
de tu noble espíritu 
carece de culpa en mi corazón, 
todos tus pasos sobre el mundo, 
obra de tu destino, 
caben en el regazo de mi pecho, 
no me cabe acusación 
amándote tan verdaderamente, 
eres mi ángel puro, dulce niña, 
todo es luz y claridad 
en tus vastos confines. 

La claridad que me inunda. CCXIII

Tus caderas se curvan hacia afuera 
y tu cintura hacia adentro 
como si tu silueta fuera 
un sinuoso sendero del campo, 
camino de hierba y flores 
y perfume en el aire, 
tu cintura es para asirte 
y apretarte contra mí, 
para cogerte en mis manos 
como un ramillete de rosas, 
tu cintura es el tronco 
de un arbolito de estrellas, 
deja que alimente tus raíces 
en el regazo de la noche. 

Amanecer de la inocencia. CLIII

No tienes que perdonarme,
tu espíritu no es dueño del bien,
el bien es de todos,
el bien es
del aire que beben los pájaros,
de cada árbol con cada una
de sus infinitas hojas,
del sol cuando amanece,
del azul del cielo,
de las flores, de los insectos,
del barro que engendra la lluvia,
no tienes que perdonarme,
ni convenir con lo que hago,
a los hombres, nos absuelve
el mero hecho de existir. 

Amanecer de la inocencia. CLII

Los hombres merecemos respeto, 
nuestra esencia es limpia 
como un arroyo claro, 
como las nubes, como el amanecer, 
como la primavera, como la hierba, 
los hombres merecemos respeto 
porque deseamos la inocencia. 

Amanecer de la inocencia. CLI

Mis sueños son 
puros e inocentes 
como nubes blancas sobre el mar, 
mi corazón está 
henchido de esperanza 
porque sabe que su ruta 
es la del bien, 
que empuje el viento sobre mi cara 
arrojándome polvo y arena, 
que llueva sobre mi figura 
con desbordadas ansias 
pero mi tronco es robusto 
y no me dejaré abatir. 

La claridad que me inunda. CCXII

Cuando yo era pequeño,
el mundo no guardaba para mí
sus dulces ilusiones,
todos mis sueños morían,
mi corazón no hallaba refugio,
mis días eran vacíos y grises,
poco a poco, pasaron los años
y mi dolor fue aumentando,
la soledad y la angustia
llenaron mi vida de sufrimiento,
me sentía indigno y condenado
porque me arrebataron de niño
la fe en mis deseos,
no hubo en mi existencia más
que horror y vergüenza,
desesperación y tristeza
porque me enseñaron a creer
que mis anhelos eran
banales y abyectos,
me creí insignificante,
despreciable y ridículo
porque mi corazón ansiaba
lo que no debía,
el dolor de mis jornadas
fue un tormento infinito,
inacabable y profundo,
¿cómo al despertar de todo
hallo tan hermoso paraíso?
¿Quién eres tú que me traes
la miel que nunca he probado?
¿Merezco de verdad la vida?
¿Soy digno de la felicidad?
¿Será cierto que mi pecho
ha logrado la expiación? 

Amanecer de la inocencia. CL

No siempre se culpa con justicia, 
no siempre es el hombre bueno 
el que se indigna, 
no siempre censura 
un corazón recto, 
llenaron mi conciencia de incertidumbre 
mezquinas almas llenas de egoísmo 
me cargaron 
con el peso de la vergüenza 
sin que, en mi pecho, habitara el mal, 
querían volverme 
de esclavo el alma 
para que ciegamente sirviera 
a sus necios intereses. 

lunes, 23 de junio de 2014

La claridad que me inunda. CCXI

El arco de tus caderas
delimita tus secretos y los expresa,
en ellas, te combas para dar cabida
al alma de la hermosura,
tu curva penetra
en un mar de miel
y sale rebosante de ella,
tus caderas son
espíritu delicado,
la luz de ternura que encarnan
las transfigura y les confiere
etérea sutileza,
déjame rozarlas con mis manos,
deslizándolas como si sujetara
un sol que asciende por el horizonte,
déjame acariciarlas con mis dedos
tentando su cumbre como si llegara
al mediodía de mi afecto. 

La claridad que me inunda. CCX

Tienes la ternura 
de una niñita, 
eres una ranita 
graciosa y chiquita 
que recoge flores 
para abrazarlas contra su pecho, 
eres un bichito 
precioso y salado 
que juega al escondite 
muriéndose de risa, 
eres un pajarito 
delicado y bonito 
que, tímido, se sonroja 
cuando habla de amor, 
eres una florecita, 
sencilla y hermosa 
que oculta una dulce cosita 
que transparentan sus ojos, 
eres un patito guapo 
con el piquito rosado 
que se sienta junto a mí 
para que lo mime, 
eres una princesita 
encantada y elegante 
que, cuando habla en francés, 
mana rosas por la boca, 
eres mi tesorito 
la perlita más linda del mundo, 
mi chiquita pequeña, 
mi mariposa perfumada. 

Amanecer de la inocencia. CXLIX

En el corazón, tengo ahora un regusto 
a melancolía de día nublado, 
en que todo se contagia del mismo tono gris, 
a tristeza de árbol que se va marchitando, 
pálido y sin esplendor, 
a lúgubre tedio de oleaje en la playa, 
embistiendo infinitas veces y retirándose mansamente, 
a desesperación de viento enfurecido, 
que hostiga con ira cuanto encuentra ante si, 
a sollozos ahogados de llorar silencioso, 
que, apremiante, invoca a las amargas lágrimas, 
tiembla y agoniza la llama de mi alegría, 
el camino se ha estrechado y oscurecido, 
mis pasos cargan con el desaliento, 
el horizonte se ha ocultado, 
mi rumbo se ha vuelto confuso. 

Amanecer de la inocencia. CXLVIII

Parece
como si, sobre el mundo,
hubiera caído una sombra,
como si un aire frío penetrara
por los ventanales de mi pecho,
como si, hasta el último confín,
reinara una llanura estéril,
como si los otros llevaran
cuchillas en los ojos
y agujas crueles en las manos,
como si me atrapara el lodo
y una niebla gris tapara el horizonte,
parece
como si el manantial de la vida
languideciera de repente,
desterrado el placer,
apagada la ilusión,
no sé cómo ha llegado mi mal
ni qué me liberará de él,
no sé por qué me pasa esto
pero parece
como si se hubiera ido
el espíritu de la alegría. 

La claridad que me inunda. CCIX

Eres una montaña, 
inmensa y excelsa, 
pero te quiero toda, 
desde tu falda a tu cima, 
con tu cielo y tu hierba, 
con tu nieve y tus nieblas, 
toda te quiero 
llenándome el pecho, 
rozando las nubes, 
rebosante de belleza. 

La claridad que me inunda. CCVIII

No vemos ventaja en el mal,
nuestros pechos no son mezquinos,
el bien inflama nuestras almas,
nuestros corazones están vivos,
palpitan
como las inquietas alas
de una mariposa en el aire,
como las hojas verdes
cuando las roza la brisa,
como el brillo de las estrellas
sobre la tiniebla de la noche,
como las aguas del mar,
plagadas de blancas olas,
no somos sombras oscuras
que esparcen el sufrimiento,
somos luz para el mundo
y sembramos esperanza. 

domingo, 22 de junio de 2014

La claridad que me inunda. CCVII

Tienes la clase de belleza
que las palabras pueden nombrar,
puedo decir de tus labios
que son carnosos y estrechos
con la miel de la infancia
y la fascinación del mar
y de tus ojos,
que son luminosos y tiernos
y que los adornan unas pestañas
que parecen los ganchos
con los que prendes mi pecho
y de tu pelo,
que es tenebroso
como una noche sin luna
toda repleta de estrellas,
diamantes del infinito,
puedo hablar de esa belleza
que envanece a las mujeres
porque despierta la admiración,
codicia de nuestro tiempo,
pero lo que ve mi corazón
es una belleza ignota,
inaccesible a la lengua,
oculta al entendimiento,
indescriptible y tan insólita
que no es posible hallarla
en ningún otro lugar,
es una belleza humilde
y, a la vez, infinita, desmedida,
mi corazón te sabe
tan bonita que no podría
renunciar jamás a ti,
no entiende las palabras
pero intuye tu realidad,
impenetrable a los sentidos,
enigmática para la razón,
solo él puede percibir
lo que solo tú eres,
la hermosura que te otorga
el mero hecho de existir. 

Amanecer de la inocencia. CXLVII

Que estalle 
la dura peña que me oprime 
y brote el manantial de bien 
que la rebeldía hace fluir, 
que la libertad se haga 
mediodía en mi pecho, 
mi instinto ansía la brisa 
y el Sol y la lluvia, 
que se derriben los muros 
de mi presidio banal, 
merece ser obedecida 
la voz del corazón, 
simiente de inocencia, 
camino de esperanza y júbilo. 

La claridad que me inunda. CCVI

Tu amor es tan libre 
como las nubes blancas, 
ningún interés lo socava, 
ni siquiera lo someten 
las ciegas ansias de la piel, 
me amas con tanta pureza 
que pareces una niña, 
no puedes abandonarme 
aun si te hieren mis hechos, 
te he llegado a la hondura 
y me has hecho hermano tuyo 
porque tienes mi bondad 
y mi ternura sencilla, 
¿quién sino tú puede calmar 
mi ardiente sed de afecto? 
¿Quién tiene tu inocencia, 
tu luz, la paz de tu aliento, 
tu dignidad, tu lealtad, tu belleza? 
¿Cómo rescataría 
del frío mis entrañas 
si no pudiera amar a un ángel 
con tu adorable dulzura? 
Nadie en el mundo podría 
alumbrar con mil caricias 
la felicidad que tú me dejas 
con el roce de tu sombra. 

Amanecer de la inocencia. CXLVI

En el núcleo de mi hondura
tengo clavado el desprecio,
muchas veces pude sentir
los golpes de la humillación,
no era innoble mi alma
para merecer el lodo,
no era justo el agravio,
llegó sin causa la ofensa,
muchas veces cargaron
mi conciencia con el oprobio,
me negaron el respeto
sin ser digno de la afrenta,
no era yo un ser ruin,
la bondad me conducía,
mi camino era recto
y, sin embargo, sufrí
la punzada del escarnio,
siento un vacío en mi adentro,
un ansia de dignidad,
una sed del calor de los otros,
muy pocas veces me abrieron
su pecho mis semejantes,
habité las afueras del mundo
pues, sin poder remediarlo,
sentí sucio mi aliento
al ver que me negaban
la admiración y el honor,
el recelo me poseyó
y cerré mis entrañas
porque me escupían frío
sin que me inclinara al mal
y dudé de mi inocencia
porque ningún corazón se abría
a mi sed de humanidad,
aún añoro el perdón
de la boca de los otros,
aún atraviesa la culpa
mi raigambre llagada. 

sábado, 21 de junio de 2014

La claridad que me inunda. CCV

Un pajarito de miel
me ha encontrado en el sendero
y ha dado en marchar conmigo
en mi vagar solitario;
a mis zancadas gigantes,
responde con sus pasitos
y, cuando se queda atrás,
agitando sus dulces alas,
me alcanza en un raudo vuelo;
en su cabecita, guarda
mil travesuras y juegos,
frente a mis ojos se exhibe
con sus cabriolas y trinos,
como intentando animarme
a vencer mi pesadez
y remontarme en el aire;
ha tomado su posada
en el nido de mi pecho,
ya no puedo caminar
sin mi tierno pajarito,
él alivia mi fatiga
y da fuerza a mi aliento,
él hace dulce el camino
y le otorga su sentido,
el horizonte no existe
si no lo tengo a mi lado,
algunas veces se oculta
sin que lo advierta yo
y semeja que se ha ido
todo el goce de vivir. 

La claridad que me inunda. CCIV

Gotitas de amargura 
destila mi afán por ti, 
cuanto más te amo 
más me siento la herida, 
cuanto más te ansío 
más solo estoy en el mundo, 
cuanto más dulce es quererte 
más hondo cava mi nostalgia, 
quisiera que fuéramos uno, 
lejos de la Tierra 
bailando hasta el infinito 
en la llama que nos consume. 

La claridad que me inunda. CCIII

Qué poco importan 
las palabras que sobran, 
las que no tocan el alma, 
las que solo pronuncia la boca, 
hueca y mecánica, 
qué poco importa el afecto 
de las almas tibias 
para las que solo somos 
una máscara cordial 
que nunca llora, 
qué grises son las horas 
que vivimos fuera de nosotros, 
atados a las cosas, 
prisioneros del mundo, 
deshabitados de infinito; 
qué diferente es tu roce 
a todo lo demás, 
en tu proximidad, me interno 
más hondamente aún en mi esencia 
que en la soledad más profunda, 
qué dulce es amar a un ángel 
penetrado el corazón 
de su resplandor apacible, 
qué hermosa eres, 
que claridad tiene la existencia 
desde que llegaste a mi lado, 
qué frío sería el firmamento 
si no brillaran las estrellas 
que refleja tu mirada. 

Amanecer de la inocencia. CXLV

El camino de la belleza
es solitario,
el placer de lo insólito espera
a quien lo ose atravesar,
deja mi mano,
deja todas las manos
y avanza por él
hasta los confines del infinito. 

viernes, 20 de junio de 2014

La claridad que me inunda. CCII

No hay demasiadas almas felices
en nuestro sórdido mundo,
se vive en la rapiña
codiciando trofeos
banales y huecos,
que extienden al infinito
la desesperanza,
no son demasiados
los que aman como nosotros,
con el corazón desnudo,
con la sencillez de los niños,
olvidando el interés,
bebiendo del manantial
infinito de la vida,
no hay muchos que sepan
mirar más allá
de las cosas y las palabras
abriendo a la inmensidad la puerta
para rozar la eternidad. 

Amanecer de la inocencia. CXLIV

El bien es vecino del mal, 
es fácil pasar al otro lado, 
nadie está libre 
de enturbiar su agua 
con el lodo de la iniquidad, 
quien extrema su cólera 
frente al malhechor 
hiere su hondura 
con la misma saña, 
quien defiende el bien 
con desmesura 
es servidor de la maldad 
y solo cosecha sufrimiento. 

Amanecer de la inocencia. CXLIII

Sepultado 
en el túmulo del tiempo, yace 
un deseo excesivo, 
ya es hora de renunciar, 
mi mano suelta la presa 
para recuperar la inocencia. 

Amanecer de la inocencia. CXLII

Yo le diría al hombre rico
que lo que le llena de avidez
no es el hambre de su cuerpo
sino la de su alma,
que no se cura
llenando sus manos
sino dejándolas vacías
y dándose entero al amor,
pero ¿estará vivo su corazón
para que mis versos puedan
cantarle en su pecho?
¿Tendrá su frente
lucidez para comprender
que es esta la verdad?
Quizá el hombre rico no pueda
salvarse de su necedad
pues no hay tonto tan grande
como el que pierde la vida
por ganar dinero. 

Amanecer de la inocencia. CXLI

No hay amor 
cuando el mundo es solo lodo, 
un alma atada al interés 
y atrapada en el cieno 
hace de sus semejantes 
un sórdido instrumento, 
nunca hace bastante un hombre 
para un alma de barro, 
nunca obtiene el perdón 
de su corazón de piedra. 

jueves, 19 de junio de 2014

La claridad que me inunda. CCI

Muchas veces me han herido 
los golpes del desprecio 
e infinitas, he sentido 
la soledad que padecen 
quienes no importan a nadie, 
un beso por mi cumpleaños, 
unas palabras de amor 
frías como un periódico, 
un ruidoso movimiento de sillas 
para hacerme sitio 
era cuanto inspiraba en los otros; 
mucho tiempo he sufrido 
el resquemor de la culpa 
en mi profundo abandono 
porque ningún pecho se abría 
a las flores de mi corazón, 
tú me diste el alma 
sin esperar nada a cambio 
porque me viste la hondura 
con tus ojos de clavel 
y la supiste buena, 
inocente y limpia; 
es doloroso vivir 
siendo nada para los otros, 
desdeñado mi espíritu 
en un invierno del mundo 
pero sé que no soy malo, 
sé que mis pasos no yerran 
porque el ángel más puro 
que habita la Tierra 
ha buscado mi regazo 
atraído por mi luz. 

La claridad que me inunda. CC

Que amanezca en nuestro pecho, 
que vuelen los pájaros, 
que sople el viento en nuestro pecho, 
que fluyan los ríos, 
que caiga el rocío, 
que rompan las olas en nuestro pecho, 
que desfilen las nubes, 
que broten las flores, 
que crezcan los árboles en nuestro pecho, 
que brillen las estrellas, 
que llegue mayo, 
que apunte el alba en nuestro pecho, 
que clamen los torrentes, 
que el trigo madure, 
que llueva y estalle el trueno, 
que germine la hierba, 
que aleen las mariposas en nuestro pecho, 
que nuestro pecho ardiente 
descubra la inmensidad del mundo 
y nuestras almas se encuentren 
abriéndose al infinito. 

Amanecer de la inocencia. CXL

He de pedir disculpas 
a la buena sociedad, 
no tengo máscaras que lucir, 
tan vil como soy, 
he de mostrarme ante todos, 
la impertinente verdad 
sale siempre de mi boca, 
perdón por mi lealtad, 
perdón por mi honestidad, 
perdón por mi ingenuidad, 
perdón por mi pureza, 
perdón por aguarles la fiesta 
y comprometer su imagen 
pero, cuando me piden que traicione 
la raíz de mi pecho, 
viento helado roza mis venas, 
mi esperanza se llena de sombras, 
la amargura hace presa de mi alma 
y, aunque eso es justo 
lo que ustedes sienten, 
es mi ánimo tan débil que me falta 
valor para complacerles. 

La claridad que me inunda. CXCIX

Veníamos de muy lejos 
cuando nos cruzamos en el camino, 
no sabíamos que existíamos 
antes de conocernos, 
podríamos haber vivido 
hasta nuestro último día 
sin habernos hallado nunca, 
sin echarnos de menos, 
sin buscarnos ansiosos, 
y, sin embargo, somos hermanos, 
hermanos de entrañas, 
nos corre la misma sangre 
por debajo de la piel, 
el mismo corazón palpita 
en nuestros amantes pechos, 
somos la misma alma, 
el mismo aliento de vida, 
nacimos para querernos, 
para besarnos y abrazarnos, 
para enredarnos los dedos 
para jugar como dos niños, 
eres tú 
la esencia del mundo para mí 
aunque apareciste como una extraña, 
nada puede 
liberarme de la llama 
que me arde por ti, 
mientras exista, me entregaré 
al afán de adorarte 
y ofrendarte mi raigambre 
pues solo este amor 
infinito y poderoso 
justifica el Universo. 

miércoles, 18 de junio de 2014

La claridad que me inunda. CXCVIII

Reina de las hadas, 
ángel del amor, mariposa 
de la primavera de mi pecho, 
rosa del jardín del Edén, 
sirenita 
que me nada el alma, 
tesoro 
embaulado en mis entrañas, 
caminito de estrellas, 
chorrito de la miel más dulce, 
perlita blanca, 
perfumada brisa, 
ramita de mi corazón, 
niña amada y hermosa, 
¿qué sino tú 
colma de felicidad mis días? 

Amanecer de la inocencia. CXXXIX

No me hacen dichoso las cosas
que sojuzgo y poseo,
tan solo el goce
de ofrendarme al amor y al bien
desterrando el desprecio de mi frente,
solo eso llena mi vida
de paraíso y resplandor
pues no soy lodo grosero
sino brisa entre las nubes. 

La claridad que me inunda. CXCVII

Tu voz de mariposas
es sendero de alegres pájaros
y de nubes blancas y puras
y de soles resplandecientes,
hace brotar un mar de flores
y brisas de primavera
y arroyos limpios,
su sencillez de ángel
extiende una luz radiante
sobre mil campos de espigas,
su inocencia clara
abre auroras y torrentes
que manan hasta el infinito,
hasta en tus silencios,
parece que escucho
la música más apacible
del más alto cielo;
dime que me quieres
con el terciopelo de tu garganta,
dime palabras de amor
con esa boca tan dulce
porque la cándida melodía
de tus delicadas sílabas
amansa mis venas
y deja en mis entrañas el perfume
del más deslumbrante edén. 

La claridad que me inunda. CXCVI

Ardemos, amada, 
en la misma llama, 
nuestra ternura 
es el hierro que nos aherroja, 
nuestros labios se hablan de amor 
soñando con rozarse, 
nuestras manos se añoran, 
nuestros conmovidos pechos 
se han hecho hermanos, 
¿qué mayor dicha 
puede hallarse en el mundo? 
¿Para qué anhelar el Cielo 
si tú encierras todo el gozo 
que soy capaz de concebir? 

La claridad que me inunda. CXCV

Muchas veces en mi vida, 
he soñado despierto 
desbordantes fantasías 
que traía un ánimo delirante 
y apenas mi espíritu 
conocía el asombro, 
todo lo vivía sumergido 
en una paciente aceptación 
porque todo podía creerlo 
pero tu belleza, niñita, 
es tan extrema 
que, ni en mis delirios más febriles, 
osé mostrar tanta indiferencia 
por la verosimilitud; 
¿es posible 
que adviertas plenamente 
hasta qué punto son hermosos 
tus dulcísimos ojos, 
adornados por las pestañas 
más admirables que he visto? 
¿O que puedas tasar 
en su justa medida 
la montaña de ternura 
que encierran tus labios 
que parecen 
olas de un mar de miel? 
No es posible que sepas 
las luces de tu carita 
que son tantas que resplandeces 
como un poderoso sol, 
si tú tuvieras idea 
de la hermosura que tienes, 
de lo bonita que eres, 
de la gracia que desfila 
por todo tu salado rostro, 
tu pechito no vería 
ni un instante de tristeza 
en toda su larga vida. 

martes, 17 de junio de 2014

La claridad que me inunda. CXCIV

Que nos ate el aire, 
somos hijos del viento, 
que nos ate el fuego 
que devora nuestras almas, 
que nos aten los sueños, 
que nuestras manos se amen 
vacías e inocentes, 
somos pájaros de luz 
que remontan las estrellas, 
que no nos encierre una jaula 
rebosante de crueldad. 

La claridad que me inunda. CXCIII

¿Quieres saber 
por qué te amo? 
Te amo, porque tienes 
cielos encapotados, 
inexorable lluvia, que cae 
con el rigor de la necesidad, 
tienes oscuridad de la noche, 
remotas estrellas, 
dulces como si fueran 
gotas de miel, 
tienes sol y perfume, 
flores y hiedra, 
que se me enreda a las venas, 
tienes torrentes y perlas, 
eternidad y caracolas, 
ocasos de otoño, 
claridad de manantial, 
levedad de mariposa, 
yo no sé, niña, 
cómo explicártelo 
pero tienes algo 
que también yo tengo. 

La claridad que me inunda. CXCII

Muchas veces en mi vida 
he sentido un nudo en la garganta 
mientras me alejaba del mundo, 
temeroso de su frialdad, 
incapaz 
de encontrar en él lo que buscaba, 
pero, escondido de los otros, 
en esta soledad 
profunda y larga 
de la estancia en que me refugio, 
hundida mi atención 
en lo más secreto de mi corazón, 
quiso mi suerte que te encontrara 
cuando más honda sed 
sintió mi alma, 
el milagro protege la vida, 
no hay lugar 
tan apartado e impenetrable 
donde no pueda llegar 
la redención del amor. 

lunes, 16 de junio de 2014

Amanecer de la inocencia. CXXXVIII

¡Qué poco valor tienen 
las fastuosas obras de los hombres 
cuando se las confronta 
con el corazón de un niño! 
¡Qué pequeño soy, 
qué vacías están 
mis impotentes manos, 
qué vanamente me empeño 
en levantar del barro 
mi miserable ceniza! 
Solo tengo en el mundo 
el refugio de mi pecho 
para escapar a la nada. 

La claridad que me inunda. CXCI

No creo 
que ningún observador sensato
pueda echar 
nada de menos en mis letras 
hablando sinceramente, 
poco me importa que piensen 
que no soy modesto 
por declarar este extremo 
o que no opinen como yo 
los atados al prejuicio, 
mi orgullo no me deja 
que abata el rostro ante nadie, 
ya lo he agachado bastante 
a lo largo de mi vida 
pero mi pecho se siente 
humilde y pequeño 
bajo la inmensidad del cielo, 
no tengo derecho a exigir 
ni una migaja a mis semejantes, 
la soledad me hiere 
en la oscuridad de la existencia, 
brillando en la distancia, 
remoto a los otros, 
como una estrella en su abismo, 
no es de mi propiedad 
el corazón de ninguno, 
no espero amor como halago 
a una vanidad que no tengo, 
me ofrezco a ti 
con la sencillez de un niño, 
con la humildad 
de un pájaro sin dueño, 
los sentimientos más puros 
me aproximan a tu pecho, 
mi afecto habita mi raigambre, 
penetra 
hasta mi más hondo fundamento, 
no es vanagloria de un alma 
vil y condenada 
embebida en su jactancia. 

Amanecer de la inocencia. CXXXVII

No quiero 
la gloria de los grandes 
ni el clamor de los aplausos, 
no quiero 
el frío goce de las victorias 
ni el placer agrio de la jactancia, 
no quiero 
matar la llama de mi aliento 
envuelto en una sórdida vanidad, 
quiero ser tan humilde 
como un pájaro pequeño, 
que mi corazón desborde 
de verdades y vida, 
merecer el amor 
y la sencilla libertad, 
quiero gozar 
del secreto de la existencia 
reservado a los pocos 
que saben amarse a sí mismos. 

La claridad que me inunda. CXC

No quiero ser para ti 
un marido aburrido 
que se siente en un sofá 
de cara a la tele 
y se pase la noche 
embobado con ella; 
no, niña, yo quiero sentarme 
de cara a ti 
y entretener el tiempo 
mirándote de hito en hito, 
quiero fijarme en tus ojos, 
grandísimos y despiertos 
adornados con pestañas 
que parecen abanicos 
y en tus labios de rosa 
y en toda tu dulce cara, 
que es un jardín de bellezas; 
lo haré de lunes a viernes 
y los fines de semana, 
lo haré en los días lectivos 
y también en vacaciones, 
lo haré, niña, mientras tu cutis 
sea terso e hidratado 
y también cuando lo tengas 
arrugadito y triste, 
que me quiten los programas 
y las series de postín, 
con ver tu cara me basta 
que no hay nada más fascinante 
de cuanto abarca este mundo 
que la hermosura que luce 
el rostro de mi chiquita 
porque me hiere en el alma 
con una espada de miel. 

Amanecer de la inocencia. CXXXVI

Que los dueños de la vida
metan sus narices cuanto quieran,
que me examinen y evalúen,
que me escudriñen y juzguen,
que me rebusquen los fallos,
que saquen a la luz mis yerros,
que renieguen y me condenen,
que me acusen y desprecien,
que me nieguen el saludo,
que me vuelvan la espalda,
que carraspeen con malicia,
que murmuren indignados,
que nombren al Poderoso,
que se persignen con desdén,
poco me importan sus mentes
encerradas en su olla,
no me tendrán jamás
en su tela de araña,
voy solo por el sendero
que va abriendo mi corazón
y, en mi pecho, todo es
libertad e inocencia. 

domingo, 15 de junio de 2014

La claridad que me inunda. CLXXXIX

De pie pareces el ramaje 
de un manzano florecido, 
ven y baila conmigo, 
que tu cuerpo se inunde 
de la gracia y alegría de la música, 
juega con tus piernas y tus brazos 
cogida de mis manos, 
semejará que el viento mueve y refresca 
tallos llenos de flores blancas. 

La claridad que me inunda. CLXXXVIII

Lo que ama un corazón es infinito 
como la libertad del viento, 
podría escribirte 
tantos poemas de amor 
que no habría tanta arena en la playa 
ni tantas olas en el mar, 
eres más ancha que el universo 
y, cuando me interno en ti, 
se extienden mis confines 
y se despejan mis caminos. 

La claridad que me inunda. CLXXXVII

Las prominencias de tu pecho 
codician la esfericidad 
como si quisieran ser soles 
o fruta fresca 
o volcanes ardientes, 
son tan suaves 
como las plumas de un pájaro 
o los pétalos de una flor, 
en su centro asoman 
dos pocitos redondos, que parecen 
dos tiernas rosas, 
no quiero ahora 
profanar tu pureza 
con el hambre de mis manos 
o la avidez de mis labios, 
solo quiero contemplarte 
sentada ante el espejo, 
desnuda hasta la cintura, 
peinándote el cabello negro, 
destapada tu exuberancia 
para sentir en el alma 
ecos de la raíz de la vida 
y apaciguar mi hondura 
con la verdad de tu presencia. 

Amanecer de la inocencia. CXXXV

¿Tendré que robar la llama del infinito 
para que alumbre en el cielo 
las noches sin luna? 
¿Tendré que viajar al inframundo 
y volver trayendo de la mano 
a las almas más lloradas? 
¿Tendré que cargar con el sufrimiento 
que acosa a la Humanidad 
y padecerlo yo en su lugar? 
¿Tendré que bordar 
la hierba de una colina, 
punto a punto con aguja e hilo? 
¿Tendré que beberme el mar 
y los ríos del mundo 
y aguantarme la orina por educación? 
¿Qué tendré que hacer 
para dejar de sentir 
el peso de la culpa? 

sábado, 14 de junio de 2014

La claridad que me inunda. CLXXXVI

Quieren ser fríos y mundanos 
por dar la espalda a la infancia 
los entregados 
al desprecio y la crueldad 
y hacen de la madurez 
su jactancia y su arrogancia 
pero nosotros somos 
tan solo dos niños sencillos 
agarrados de la mano, 
que se besan en los rincones 
al salir del colegio, 
dos niñitos tiernos 
con el pecho ardiendo de ternura 
que juegan cuando están juntos 
con las bocas más que los juguetes, 
escuchamos al corazón, 
no nos tienta traicionarlo 
por una limosna de orgullo, 
sabemos cuánto valor 
tiene un aliento que ama 
con inocencia y pureza, 
que sean adultos los necios 
que han perdido su alma 
por hacerse respetar 
y renuncian a ser felices 
porque lo creen deshonroso. 

La claridad que me inunda. CLXXXV

Hemos reñido alguna vez
y has podido marcharte
pero no soporto imaginar el dolor 
de una separación final, 
no me permitirían mis venas 
dejarte sin mí, 
eres mi niña
pequeña y dulce, 
lo más bonito de mi vida, 
y, para reclamarle alguna vez
a una chiquita tan tierna 
el corazón que le he regalado 
y arrebatárselo fríamente
como si nunca la hubiera amado, 
tendría que ser un hombre 
mezquino y sin sangre en las venas, 
no quiero imaginarme
teniendo que negarle mis besos
a un aliento tan hermoso,
sería una bestia sin alma
si pudiera alejarme un paso
de un bien tan luminoso. 

La claridad que me inunda. CLXXXIV

Recorrería tu cuerpo 
con la nao de mis labios, 
los escollos no me detendrían, 
beso a beso, entregaría el alma 
a tu dulce ternura, 
besaría hasta lo más oculto, 
hasta lo que se te hunde más adentro, 
no habría parte de ti que no recibiera 
el amor de mi boca 
para persuadir a tu corazón 
de la inocencia de tu piel. 

Amanecer de la inocencia. CXXXIV

Cuando había que alejarse 
de sí 
y arrastrar un cuerpo 
sin alma, 
¡qué agonía traían las horas! 
La semilla era muerte, 
las raíces, dolor, 
la hierba, condenación, 
las ramas, sudor y fatiga, 
los frutos, desesperación 
y la adusta azada amortajaba 
toda la luz del mundo;  
¡qué siglos de vacío, 
qué baldío caminar, 
qué oscuridad sin horizonte! 
Cuando había que apartarse 
de ser 
yo era un extranjero bajo el Sol 
con la frente ardiendo 
y el corazón enterrado. 

viernes, 13 de junio de 2014

La claridad que me inunda. CLXXXIII

Olvida los mil poemas 
que te han compuesto mis manos, 
solo tienes que leer este, 
solo necesito que entren 
estos versos en tu pecho, 
no son versos de poeta, 
son besos de amor, 
¿cómo expresarte 
la hondura de mi pozo, 
la abundancia de mi manantial, 
el regocijo que conmueve 
mi corazón enternecido, 
la luz 
con que tu esperanza me deslumbra? 
Acerca tu boca a la mía, 
roza mis labios con los tuyos, 
recibe mi alma en este besar, 
te doy todo lo que soy, 
me hago fuego de tus brasas, 
brisa de tu perfume, 
mar de tu seductor oleaje, 
me hago uno contigo 
en esta hora de los dos, 
deja en mi paladar 
el sabor de tu raigambre, 
entrégate 
a este aliento que te ofrendo, 
ven a vivir en mí, 
llénate de mis entrañas, 
bésame , niña mía, 
bésame tantas veces 
que nos duelan los carrillos, 
derrámate en mí 
que quiero recogerte, 
alentarte, apaciguarte, 
rescatarte de tu angustia, 
quiero darte a ti misma, 
quiero que te mires en mi carne, 
que te nombra y te remeda, 
búscame las venas, 
escarba en mis adentros, 
muerde mis sentidos, 
bésame esta herida boca 
hasta que sepamos quienes somos. 

La claridad que me inunda. CLXXXII

Tu hermoso semblante 
tiene la gracia del rizo, 
tu piel se pliega y comba 
para convertirte en rosa, 
tus formas expresan dulzura, 
afable inocencia, 
reflejo de un alma 
apacible y libre, 
condescendiente y veleidosa, 
eres bella 
porque eres solo tú, 
sin caminos de obediencia. 

Amanecer de la inocencia. CXXXIII

No me pidas que me explique, 
no puedo justificarme, soy 
tan extraño como te parezco, 
no soy razonable, 
soy insólito y absurdo 
pero tienes que dejarme ser, 
sin reticencias, tienes 
que dejarme ser 
porque no he venido al mundo 
para ser tu esclavo. 

La claridad que me inunda. CLXXXI

Tienen envidia 
de esta felicidad, 
nuestro amor es infinito, 
puro como la infancia, 
irrefrenable como un volcán, 
gozoso 
como un paraíso eterno, 
no es extraño que incomode 
un bien tan extremado 
a los espíritus mezquinos, 
¿qué cosa no traicionarían 
para complacer su egoísmo? 

La claridad que me inunda. CLXXX

Me desean los envidiosos 
que encuentre 
quién me ame como merezco, 
quieren herirme en lo hondo 
haciendo agravio a nuestro amor 
con una falsa piedad. 
Con mayor sinceridad, 
les tengo que responder yo 
que la tinta de mis versos 
es la sangre de mis venas, 
ni el artificio ni la mentira 
pueden servir de adorno 
a mis poemas de amor 
porque mi sangre es escasa 
y no la puedo malgastar. 

jueves, 12 de junio de 2014

La claridad que me inunda. CLXXIX

Tu afecto es claro y sencillo 
como un amanecer, 
tiene la inocencia de la infancia 
y la profundidad de la sabiduría, 
redime mi espíritu, 
me colma de esperanza, 
conmueve mi hondura 
con su infinito dulzor, 
¡qué bella eres amando! 
¡Cuánta ternura brota de tu corazón! 

La claridad que me inunda. CLXXVIII

Si fueras mezquina
siquiera un poco,
yo no podría escribirte
poemas muy bellos,
ni te exaltaría en ellos
con demasiado entusiasmo,
ni te entregaría un cariño
libre de desencanto,
ni mi pecho tendría
esta llaga tan profunda;
si no tuvieras
inmenso el espíritu,
no brillaría
para mí la esperanza
y el mundo sería
pesado lodo
en lugar de llama viva;
si no fueras tan niña
y tan tierna y honesta,
tan profunda y hermosa,
¡qué amarga sería la vida,
qué decepcionante, mi destino,
qué sombrío, caminar,
a tu lado, hasta el fin! 

La claridad que me inunda. CLXXVII

Me llueves en el alma,
me empapas todos los rincones,
inundas de vida y paz
mis sedientas venas,
germino y fructifico
con el aliento tuyo,
te debo mi savia, mi espesura,
mi plenitud, mi placer,
sin cesar, me llueves,
me colmas de ti,
me traspasas con tu ternura,
arrancas de mi corazón
su árida sequía,
te precipitas apacible y gozosa
sobre mi pecho ardiente
llevando a mi sangre
la armonía que la sacia. 

La claridad que me inunda. CLXXVI

Nuestra felicidad no tendrá fin,
tú me llevas en el aliento
y yo también, en la hondura,
somos para siempre hermanos,
nada nos puede separar,
nos sentimos en el pecho,
nos poblamos los corazones,
nuestra dicha nunca acabará,
un fulgor deslumbrante
se extiende hasta el último confín,
mis entrañas desbordan,
tu perfume rebosa en mis venas,
como un pájaro en el aire,
mi alma se mece
en los goces de la eternidad,
tú me llevas en el aliento
y yo también, en la hondura,
la miel de la existencia nos habita,
nuestra felicidad no tendrá fin. 

La claridad que me inunda. CLXXV

No quiero ver un mundial, 
lo que quiero hacer 
es amarte a ti. 
¡Qué agonía se siente 
con un pecho posesivo 
anhelando ver el gol 
que humille al otro país! 
No eres dueño de tu alma, 
perteneces a unos pies 
que golpean una esfera, 
tu corazón no es feliz, 
dando su aliento a tal juego, 
pierde su libertad, 
su hondura, su vastedad 
cuando se le hace enemigo 
del azar y de la vida. 
No quiero ver un mundial, 
lo que quiero hacer 
es amarte a ti. 

Amanecer de la inocencia. CXXXII

Por escuchar a mi corazón,
mis días pasan ahora en silencio,
sin ruido de pasos,
sin rostros que me sonrían,
sin risas y apretones de manos,
sin palmadas en los hombros
ni entretenidas conversaciones,
por escuchar a mi corazón,
estoy solo y triste ahora
aguardando mi brisa,
anhelando mi luz,
con melancolía en el aliento,
sintiéndome fuera
de los caminos del mundo,
por escuchar a mi corazón,
mi pecho se llena de mar,
mi mirada se pierde
buscando sueños lejanos
y mis entrañas derraman
de ansia y añoranza
temiendo por su bien,
por escuchar a mi corazón,
sombras e inquietud,
dudas e insatisfacciones
me quieren salir al paso
en lugar del sabor engañoso
de los placeres del mundo
y la felicidad fingida,
por escuchar a mi corazón,
hay días que no amanece
pero es lo que debe ser
porque nada es más apremiante
que escuchar al corazón. 

La claridad que me inunda. CLXXIV

Necesito tu regazo 
para derrumbarme en él, 
quiero volcar todo mi dolor 
sobre tu pecho de mujer, 
recibir la miel 
que alivie mi sufrimiento, 
quiero que beses mi frente 
y acaricies mi rostro 
y limpies con tus dedos 
mis amargas lágrimas, 
consuélame el corazón, 
libérame de la angustia, 
arráncame esta vieja ansiedad 
con el dulcísimo roce 
de tus manos de ángel, 
déjame que duerma 
sobre la paz de tus senos, 
escuchando palpitar 
tus amorosas entrañas, 
rescata mi aliento 
de este valle de las sombras. 

La claridad que me inunda. CLXXIII

Solo tú llegas
a lo más hondo de mi tristeza
y rescatas del dolor
mi desdichado corazón. 

La claridad que me inunda. CLXXII

Quiero besar toda tu cara,
quiero darte un beso
en la comisura de tus labios
y en tus párpados entornados
y en tu orejita graciosa
y en medio de tu frente
y junto a tu nariz
y en tu barbilla de diosa
y en tu pelo de carbón
y en tus hermosas sienes,
quiero llenar de besos
tu luminoso semblante,
quédate muy quietecita
mientras mis labios lo recorren
que quiero que mi niña sienta
toda la miel de mi pecho
y que su corazón descanse
sabiéndose bien amado. 

La claridad que me inunda. CLXXI

Tic tac, tic tac,
el reloj te nombra,
cada segundo de mi vida es tuyo,
mi tiempo es tu reino,
le has dado
consistencia de eternidad,
lo has hecho gozoso e inocente
como las vacaciones de un niño,
tic tac, tic tac,
todo lo que traen los días
tiene tu sabor y tu huella,
todo es miel, todo luz
fluyendo como en un río,
tu nombre abarca
el Universo entero
haciéndolo mi paraíso,
tic tac, tic tac,
todo mi aliento es tuyo,
toda mi existencia, todo mi pecho,
eres una extraña
pero lo habitas todo,
de todo te has hecho dueña,
yo te lo he ofrendado
sin que me pidieras nada.