domingo, 30 de noviembre de 2014

Fruta madura. LIV

La primavera fértil 
puebla de vida los inmensos campos 
y hace que rebosen de belleza, 
colma de tibia luz las mañanas 
concediéndoles un cielo claro y benigno 
para embriagar los corazones, 
inculca desmesura 
en el afán de goce de todos los seres 
y les da por unos días el Paraíso, 
la primavera es dulce 
pero más dulce es para mí 
el semblante de mi hermana.  

La mar infinita 
se extiende en la lejanía 
y se clava en el alma, 
lleva a la playa sus olas 
como sábanas de tristeza 
que envuelven el vacío, 
ruge como doliente 
porque no tiene compaña 
y se estremece de afán, 
la mar es perturbadora 
pero más perturbador es para mí 
el semblante de mi hermana. 

La noche tenebrosa 
acoge el silencio y la quietud 
como un reino del sigilo, 
rompe los límites y abre 
el abismo del cielo 
descubriendo las estrellas, 
hace murmurar la esperanza 
como una promesa que brilla 
en cada luz remota, 
la noche es fascinadora 
pero más fascinador es para mí 
el semblante de mi hermana. 

La presencia del bien. CXXXVII

Ni un ejército entero, 
ni una legión de políticos rigurosos, 
ni el auxilio de la ciencia y el saber 
traerán al mundo una gota de felicidad, 
tan solo el palpitar de nuestro corazón, 
tan solo la herida 
que arde en nuestro pecho, 
no hay bien posible para los hombres 
fuera del camino que les marca 
su sencillo instinto. 

La presencia del bien. CXXXVI

Quien piense que soy exagerado 
en mis remordimientos 
y que me preocupo con exceso 
por no molestar a nadie 
ni ser causa de su fatiga, 
que me excedo con mis escrúpulos 
y demuestro demasiado apego 
a mi mentalidad judeocristiana calcule 
qué espíritu acaba 
haciendo más daño en el mundo 
el que se avergüenza fácilmente 
o el que no lo hace nunca 
porque nunca hace nada 
que no encuentre lógico. 

La presencia del bien. CXXXV

Mi conciencia cargaba 
con un peso insoportable 
en mis años de labrador 
porque, cuando los jornaleros, 
empujados por la necesidad, 
fatigaban su cuerpo 
por hacer más fácil mi existencia, 
a pesar del salario 
que de mí recibían, 
me sentía la víctima 
de un oprobio indeleble 
que eclipsaba mi dignidad. 

Fruta madura. LIII

Te quiero dar el cielo azul 
y la primavera y la Luna 
y mi alma y mi pecho 
y mi aliento y toda mi vida 
porque eres pura luz 
y mi afán es ensalzarte. 

Las musas coloquiales. CLXXXI

A los oídos de Bea M. 

No hay un dios que me sujete 
y esquilme mi libertad 
con su inmensa potestad, 
en mi vida, no se mete 
quien mucho no me respete 
y me quiera dominar, 
mas sí tengo que adorar 
a una deidad del placer 
la bella y dulce mujer 
que a mí me ha querido amar. 

No es diosa para prohibir 
con brutal intransigencia 
la libertad de conciencia, 
ni para, cruel, inhibir 
el impulso de vivir, 
ni aún para ser amada 
por una ley inveterada 
sino para darme el Cielo 
sin abandonar el suelo 
ni sacrificarme nada. 

La presencia del bien. CXXXIV

No sería mi gusto perder el tiempo 
construyendo pirámides 
o aprendiéndome los versículos 
de la Biblia en hebreo 
o haciendo un absurdo honor a los números 
en compañía de adustos banqueros 
porque me apremia demasiado 
mi corazón sencillo 
y todas mis horas las quisiera 
para la dignidad y la vida. 

Fruta madura. LII

Te me ofreces 
como una flor abierta, 
tu umbral está despejado para mí, 
para todo cuanto soy y siento, 
tu amor me envuelve y protege, 
eres hábitat de mi dignidad, 
miel para mi amargura, 
me das tu regazo 
para que haga de él mi patria, 
tan puro y sencillo es tu afecto 
que, hasta las meras palabras, 
lo deforman y corrompen, 
en tu silencio sereno, 
casi se puede escuchar 
el aleo de tus mariposas. 

sábado, 29 de noviembre de 2014

La presencia del bien. CXXXIII

El afecto no es territorio 
para la apremiante deuda, 
aceptarlo del otro 
es una manera de darlo. 

La presencia del bien. CXXXII

Frío tengo en las entrañas,
heladas de soledad,
anhelantes de afecto y cobijo,
quisiera confiar en los otros,
acoger su calor sin recelos,
creer en su pureza, abandonarme a sus pechos
pero mi espíritu no es capaz
perturbado por la perenne sospecha,
envuelto en dudas inextinguibles,
herencias de una vida donde solo he sido
un pequeño estorbo. 

Fruta madura. LI

Quiero entrar en tu cuento, Princesa, 
tu cuento es más fabuloso 
que el que narra mis días, 
eres de un pueblo extranjero 
donde las mujeres son muy bellas, 
tu pelo es negro como carbón 
y tu carita tan blanca que parece nieve, 
tienes el alma llena de esmeraldas 
porque te han educado para ser princesa, 
eres delicada como las flores 
y sutil como las mariposas, 
la primavera es tu reino 
y la belleza rebosa en todo tu ser, 
¿qué tiene todo eso que ver con mi historia, 
tan gris, tan amarga, tan tediosa, 
tan mediocre y absurda? 
Quiero entrar en tu cuento 
y cambiar mi prisión por tu palacio, 
mi soledad, por tus fiestas, 
mi vacío, por tu alegría, 
mi fealdad, por tu luz infinita, 
quiero tu cuento, hermosa Princesa, 
quiero ver hadas y unicornios 
y todas las cosas bellas 
que encierra la fantasía, 
quiero entrar en ese sueño al que perteneces 
para convertirte en realidad. 

La presencia del bien. CXXXI

Cuando más disfrutábamos
de nuestra libertad,
cuando más felices éramos
porque estábamos descubriendo
nuestros límites naturales,
llegó el amargo policía
y aplastó nuestros juguetes. 

viernes, 28 de noviembre de 2014

Las musas coloquiales. CLXXX

A Sophia Soñadora

Hay hombres que idolatran la razón
y, ufanos, desdeñan el sentimiento,
prefieren a las montañas y el viento
una argumentada demostración.

Su exangüe espíritu es una prisión
destinada al más agrio aburrimiento
y no adelantarían a un jumento
en su farragosa elucubración.

Su aliento tenebroso no conoce
la esperanza, ni la verdad, ni el goce,
repleto de hueca sabiduría.

No hay emoción sutil que no destroce
su boca impertinente, tosca y fría
creyéndola una recia tontería. 

Fruta madura. L

Tus pómulos tienen una curva suave 
y, en la línea de tus ojos, 
hacen que tu carita parezca la Luna 
con su luz de plata 
y su dulce hechizo 
o la bóveda del firmamento, 
plagada toda de estrellas blancas 
que chispean fascinadoras, 
o un albo crisantemo 
que, complacido de sí, se exhibe 
todo inocencia y esplendor, 
casi no hay tanta arena en una playa 
como besos te daría en ellos 
y tiernas caricias de adoración 
por rozarte tu alma clara, 
que, con tanta propiedad, representan. 

La presencia del bien. CXXX

La multitud abarrota 
los mítines políticos 
y los estadios de fútbol 
y nunca deja desiertos los cines cuando estrenan 
la sensación de la temporada, 
siempre hay gente en los cafés 
y en las playas en verano 
y en los parques de atracciones 
y en los conciertos y en los teatros 
y en los espectáculos eróticos 
y en la ópera y en las discotecas 
y en los museos famosos 
y junto a las estatuas emblemáticas 
y al lado de las celebridades 
y de los ricos y poderosos 
y de los guapos y atractivos 
y de quien vende helados o gofres 
pero ¡qué solo está el viejo 
que no puede dar nada 
o el hombre enfermo que nunca dice 
lo que desean oír! 

La presencia del bien. CXXIX

Junto a mi padre,
abandonado del mundo en su lecho de agonía,
desdeñé la soledad,
que tanto había amado,
y anhelé deslumbrar a las almas
con la luz insólita de mi espíritu
para no irme de la vida
en un silencio tan desolador. 

Fruta madura. XLIX

Si el mundo se curara 
de su afán por la apariencia 
y prefiriera el amor 
al hielo y el vacío 
de las formas sin alma, 
si la verdad desnudara los corazones 
y los sueños sencillos vencieran 
a la ambición egoísta, 
el frío de la vida se mitigaría, 
la aspereza abandonaría 
los caminos del hombre, 
no sería tan duro 
el oficio de ser, 
si no estuviéramos lejos, 
si te tuviera a mi lado, 
si pudiera besar tus manos, 
abrazarte, recibir tus caricias, 
si tu presencia llenara 
las estancias de mi hogar, 
tendríamos toda la apariencia 
de un matrimonio vulgar, 
todo el mundo pensaría 
bien de nosotros, 
nos harían visitas de compromiso 
y nos invitarían 
a las comuniones de sus hijos 
pero, en mi interior, tú no serías 
sino la eternidad que la vida me reservara, 
el enigma que estremeciera mi existencia, 
no sé cuándo te traerá 
el tiempo hasta mi regazo, 
a veces, mi añoranza tiene sabor 
a invierno sin final, 
te anhelo como se anhela la paz 
en medio de un delirio 
pero sé que algún día vendrás 
para acogerte a mis brazos 
y a mis labios ansiosos. 

jueves, 27 de noviembre de 2014

Fruta madura. XLVIII

Ni siquiera esa montaña 
que ha cubierto de alegres flores 
la impetuosa primavera 
y el inocente sol de la mañana ilumina 
desde su cielo puro, claro y azul 
mientras enjambres de mariposas la invaden 
como olas de luz y color, 
tan inmensa y libre, plena y gozosa 
que el pecho, queriendo abarcarla, 
se siente crecer hasta casi el infinito, 
ni siquiera ella encierra 
tan acabada armonía, 
ni evoca tan hondamente 
el perfume de la existencia, 
ni provoca tanta sed de horizonte 
y tanta codicia de hermosura como el relieve 
de una sola de tus manos. 

Las musas coloquiales. CLXXIX

Las tres décimas del hombre de sano orgullo

No soy una hermosa flor,
ni tampoco Salomón,
no despierto admiración
desmedida, ni fervor,
ni un apasionado amor
en la inmensa multitud
mas no hay ninguna virtud
en ser como otros lo quieran
salvo en los hombres que esperan
vivir en la esclavitud.

Cada vez que yo acabé
ignorado y desdeñado,
marginado y olvidado,
mi infortunio lamenté
pero ahora muy bien sé
que el hombre al que más se adora
y que a más gente enamora
no es casi nunca el honesto
sino el que está predispuesto
a cuanto mi alma deplora.

¿Preocuparme del amor
de seres que nada aprecio?
¿Sirvo yo a su juicio necio,
su hipocresía y su helor,
qué me importa a mí el favor
de quien no tiene piedad?
Más me ensalzan la amistad
de las almas delicadas
y las entrañas amadas
de mi diosa de bondad. 

La presencia del bien. CXXVIII

Muchos hombres no tienen bondad, 
solo la fingen 
por miedo a la opinión 
pues su orgullo se reduce a la conservación 
de su rango social, 
otros la practican de verdad 
pero sin creer en ella, 
solo por temor a Dios 
o respeto a las normas impuestas, 
su generosidad 
no traspasa hasta su alma, 
se queda en la mano, 
en una mano sin luz, 
el bien que yo hago 
no necesita retribuirse, 
es un fin en sí mismo, 
no hay interés superior a la dicha 
de actuar rectamente 
procurando la ventura 
de mis semejantes, 
algún día dejaré este mundo 
y todo lo que me ha dado, 
con nada me quedaré 
excepto con la felicidad 
que mi corazón llegó a sentir, 
de poco me servirán 
en el lecho de muerte 
los actos que me haya inspirado 
el obcecado egoísmo 
o la fría vanagloria 
pues mi entero aliento, 
en ese instante de amargura, 
estará buscando a los otros 
huyendo de la tiniebla. 

Fruta madura. XLVII

Cuando te cases conmigo, 
te darás cuenta, palomita, 
de lo que es ser bien querida, 
no vas a estar sin besos 
más de cinco minutos, 
te voy a poner el corazón 
a rebosar de mariposas, 
después de la cena, 
me sentaré a tu lado 
y estaré más de una hora  
tocándote la carita 
y recorriéndola con mis labios 
y diciéndote que eres bonita 
y que todo en tu rostro es miel 
y que no hay flores tan hermosas 
como bella eres tú 
y acariciándote tus manos 
y tus brazos y tus piernas, 
te recostarás contra mi pecho 
para estar cerca de mi corazón 
y yo seguiré hablándote, 
contándote locuras, 
diciéndote picardías, 
besando tu pelo, 
improvisando tiernos poemas 
que jamás leerá nadie 
y así pasaremos las horas 
hasta que haya que acostarse 
y te dé el beso más hondo, 
cuando despierte, 
a la luz del alba, 
te daré el primero del día 
y, cada hora que estés conmigo, 
recibirás diez o doce 
porque eres infinita 
y mi ternura nunca se agotará. 

La presencia del bien. CXXVII

¿Se me permitirá confesar ahora
sin intención solapada,
solo para desnudar mi alma
y aliviarle su carga,
solo para evocar en palabras
la herida que la hace sangrar
que, como escritor,
me siento infravalorado?
Es habitual en mi vida
que se me tenga en poco,
conocí a una poeta
a la que le di una pobre impresión
porque soy demasiado bueno,
demasiado inocente y sencillo,
ella sí tenía prestigio
y obtenía honores
pero también es cierto que los buscaba
y que era lo único que le importaba,
mi madre quiere controlar mi vida
porque, aunque ya he escrito veinte libros,
aún no se convence de mi capacidad
y quiere guiarme por su sendero
limitado y gris,
siempre me han creído los otros
por debajo de su altura
excepto el ángel al que amo,
que ansía mi corazón entero,
en toda su extensión,
sin exceptuar un solo sentimiento
y solo por él mismo,
sin otro interés,
solo por su bondad,
solo por traer
la felicidad a mi existencia,
humanamente soy dichoso
pero, como escritor,
creo que me subestiman,
mis obras son magistrales
quizá sin excepción,
mi estilo es correcto,
mi inspiración, fecunda,
mi pensamiento, revelador
y el espíritu de mis palabras,
vivo y ardiente,
más que hablar a mis lectores,
les hago sentir y los libero
y, aun así, emigran a otras voces,
zafias, adocenadas, incapaces
pero que les permiten no sentir
porque les falta valor
para vivir con el pecho despierto,
para alojar en él
la libertad y la verdad
y ser auténticos seres humanos
en lugar de patéticos autómatas
entregados a goces que solo dejan
desdicha y degradación,
mis obras van ganando aceptación
demasiado lentamente,
se espera de la literatura
lo mismo que de la televisión,
un letargo tranquilizador,
un olvido, una muerte,
un voluntario suicidio
porque no saben de nada peor
que su sencilla desnudez,
que la trémula luz de sus frágiles almas
y huyen de ella para servir
a la quimera de la fortaleza,
patética idolatría
de un mundo de esclavos. 

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Las musas coloquiales. CLXXVIII

Las siete quintillas del abandonado 

Estoy encerrado en casa 
alejado de la gente 
como un bicho repelente 
y esta desgracia me pasa 
por ser honesto y decente. 

Aunque me vengan a hablar, 
la soledad me acongoja 
pues, con dolor, se me antoja 
que me quieren solo usar 
y mi pecho los arroja. 

Mi corazón se entristece 
pues practico la bondad 
con rigor y lealtad 
mas nadie se compadece 
de mi negra soledad. 

No es normal sentir amor 
al mirar a un elefante 
es grotesco y repugnante 
y se observa con horror 
lo mismo que mi semblante. 

Solo sé hacer lo correcto 
y es ese mi gran pecado 
pues se alejan de mi lado 
como de un lugar infecto 
y van tras lo equivocado. 

Ha corrido todo el mundo 
a la fiesta de la vida 
y, acabada la estampida, 
quedó un silencio profundo 
y mi entraña dolorida. 

Solo estoy, bebiendo viento, 
soy para el mundo un extraño, 
no es usual mi pensamiento 
ni normal mi sentimiento 
y mi vida es de ermitaño. 

Fruta madura. XLVI

Quiero conseguirte 
todos tus deseos, 
hasta el más encumbrado, 
hasta el más imposible, 
hasta el más absurdo de tus deseos, 
la añoranza de tu pecho, 
tus suspiros de tristeza, 
los afanes que te consumen 
en mí quiero que encuentren su alivio, 
quiero conseguirte 
todos tus deseos, 
hasta el más inconfesable o incoherente, 
hasta el más inalcanzable, 
a todos quiero que llegues 
porque mi corazón es el tuyo, 
mi alma es la tuya, 
mis manos son las tuyas, 
mi boca y mis ojos son los tuyos, 
somos lo mismo 
y, en tu aflicción, son mis propias entrañas 
las que se abaten anhelantes. 

La presencia del bien. CXXVI

Tú, que me miras con indiferencia y desprecias 
mi rostro y mi alma 
porque no sientes lo que yo siento, 
ni crees que sea esencial 
que yo exista y viva, 
cuando la última estrella se esté apagando 
y los alientos de los hombres digan 
las palabras que les queden por decir, 
yo te señalaré y diré 
que tu corazón no es como el mío 
y que no somos lo mismo. 

Las musas coloquiales. CLXXVII

Diez piropos a mi amada en forma de redondillas 

Un pellizco quiero darte 
en esas nalgas bonitas 
y si, dolorida gritas, 
contrito, en ellas, besarte. 

Son tus pechos blancas rosas 
del rosal del Paraíso 
y, si me dieras permiso, 
les pondría mariposas. 

Tu boquita es miel caliente 
que yo quisiera probar 
aun si, tan dulce manjar, 
quemara de tan hirviente. 

Muéstrame tus lindas piernas 
que quiero ver tus rodillas 
pues mayores maravillas 
no son las siete modernas. 

Tus ojos parecen lagos 
donde naufraga mi aliento, 
que, hundido en el sentimiento, 
se defiende con halagos. 

Contemplando tu carita, 
ya no toco el triste suelo 
y entro directo en el Cielo 
pues tiene una luz bendita. 

Apretando contra mí 
ese cuerpo tan precioso, 
yo sería más dichoso 
de lo que nunca me vi. 

Tienes tan lindas pestañas 
rodeándote los ojos 
que me parecen abrojos 
con que, en el alma, me arañas. 

El cáliz son tus caderas 
de la flor más inefable, 
no existe un idioma que hable 
palabras tan lisonjeras. 

Tan delicada y preciosa 
es tu hermosura, princesa, 
que me arroba y embelesa 
como visión religiosa. 

martes, 25 de noviembre de 2014

Fruta madura. XLV

El amor no es 
un reglamento del hábito 
para aliviar la agonía 
que la duda alumbra en el esclavo 
sino la puerta de la libertad, 
la luz de la bondad y la sabiduría, 
la exención que el instinto nos concede 
de su ineludible imperio 
para asegurarlo más, 
hay almas que se atan 
para castigarse y sufrir 
porque su orgullo está enfermo, 
preso de la culpa, 
y no encuentra otro alivio 
que la fría vanagloria 
y la huida del ser, 
hay hombres que expían 
su desprecio en la crueldad, 
pierden su ternura y su juicio 
en su laberinto de incertidumbre, 
tan anhelantes de certeza 
que destruyen la vida 
por atajar el devenir, 
con frecuencia, 
a mí mismo me atormenta 
el dolor de sentirme frágil, 
pequeño y vulnerable 
y hundido en el error 
pero escucho a mi corazón 
que tan poco pide, 
que tan poco necesita, 
que tan sencillamente me habla 
y sé que basta con que te quiera 
y mi corazón rebose de ti 
para justificar mi existencia, 
si yo perdiera este gozo 
por la obstinación de mi codicia, 
mi necedad sería 
digna de compasión. 

La presencia del bien. CXXV



Con afán, contemplo mi alma 
sumergida en la muchedumbre sin rostro, 
mi corazón quiere ser 
pero casi no hay espacio 
para un hombre más, 
solo para olas que se desvanecen, 
para caminos sin destino, 
entre la multitud, perece mi aliento, 
me observan ojos 
de mirada perdida, 
pasan con apremio, hechas pura sombra, 
presencias que no me nombran, 
que no me distinguen, 
que no esperan nada de mí, 
apenas puedo ser 
mejor que un esclavo obediente 
que nace para no existir, 
¿por qué, ante tanta humillación, 
no me rebelo, 
no me niego a hacer lo que esperan de mí, 
no demuestro que soy libre, 
que no obedezco, 
que soy alguien, que estoy vivo, 
que no acato autoridad alguna, 
que valgo más de lo que nadie sospecha? 
¡No sirvo a nadie, a nadie debo nada, 
mi corazón nació con bondad, 
no restringe mi dignidad 
el tasado del capataz, 
soy hermoso y altivo, 
no tengo dueño que sojuzgue 
el orgullo de mi pecho! 
¡Contempladme, hombres sin esperanza, 
mirad mi semblante, soy yo, 
he roto el vínculo, he salido de mis prisiones, 
la libertad me ha parido, 
mi luz se muestra a vuestros espíritus 
y sabéis que es 
resplandor de la verdad, 
soy aliento redimido, 
he vuelto a mi patria y estoy respirando! 

La presencia del bien. CXXIV

No hay en el vasto Universo
nada tan alto, tan grande,
tan fascinante, tan poderoso
o que encierre tanta riqueza
como la voz sencilla
de un corazón desnudo,
que no la humille el estrado,
ni la plaza, ni el tráfago con el dinero,
que se inclinen los hombres
ante la dignidad de un sentimiento
porque el pecho es nuestro tierno soberano
y no hay sosiego en el mundo
fuera de su gobierno. 

Las musas coloquiales. CLXXVI

A Isabel Olmos 

La gente tiene manías 
muy variadas e infinitas, 
lo son las hojas escritas 
y todas las melodías, 
las guerras necias y frías 
y los barcos de la mar, 
los juegos a que jugar 
y el esforzado trabajo 
mas en la que más yo encajo 
es la manía de amar. 

lunes, 24 de noviembre de 2014

Las musas coloquiales. CLXXV

A mi amada 

Que se afane el mundo 
tras el éxito y la fama, 
que amasen el dinero 
quienes no crean 
que solo sea papel, 
que busquen poder 
los sacrificados controladores 
que yo me limitaré a amar 
y a practicar la bondad, 
que es lo único que no puedo 
quitarle a mi vida. 

Fruta madura. XLIV

Un dulcísimo ángel, 
inocente y puro, 
¿podrá aguantarme 
hasta el fin de mis días 
si yo soy un diablo 
testarudo y sarcástico 
con ansias de grandeza 
y una mente maliciosa? 
Tú estarás a salvo de mis flechas, 
nunca las dirigiré hacia ti 
y, con todo, ¿no te escandalizaré, 
no agotaré tu paciencia, 
no haré desbordar tu justa cólera en alguno 
de mis ineludibles despropósitos? 
No estoy muy seguro 
de que mi necedad no sea 
superior a tus fuerzas 
pero, cuando te vea 
al límite de tu resistencia, 
te atraeré hacia mí, 
rozaré con mis manos 
tu hermoso rostro 
y te lo cubriré de rendidos besos 
para que, aunque sea una bestia, 
no me puedas odiar. 

Fruta madura. XLIII

La jactancia fascina
a los espíritus mediocres,
los alienta
una vanagloria insidiosa,
hacen de la dignidad de los hombres
terreno de rivalidad
como si fuera lícito
humillar un corazón
no más que para ensalzar
la parca realidad que los constituye,
su ansia es poseer
la fortaleza que les falta,
traicionan la ternura
para salvar su falso orgullo,
no vale nada para mí
el hombre infatuado,
de sangre gélida y entrañas egoístas,
tan estúpido como un gallo,
que solo se defiende a sí mismo
y tiene su vida hecha un erial,
el rango que se otorga
me suena a farsa cómica
y su juicio perturbado
es el de los locos sueltos,
viven sin conocer
la dicha del verdadero amor
y, si tienen quién les ame,
lo degradan y avasallan
porque su único placer
es sentirse superiores,
¿darán algún valor
a los poemas que te dedico?
¿Verán en mis versos de amor
algo que cautive
sus tardos y exangües espíritus?
¿Tendrán sus famélicas almas un segundo
para dedicarlo a la libertad?
Lo dudo, son casos perdidos,
tristes derivados de esta sociedad
de idólatras y esclavos. 

La presencia del bien. CXXIII

No me preocupa 
la marcha de los tiempos, 
no voy a adaptarme 
a su banal arbitrariedad, 
las modas pueden cambiar 
pero los corazones siguen 
tan dormidos como siempre, 
para ellos, escribo, 
para que se abran a la vida, 
para que rompan su silencio 
y griten su verdad eterna 
en el centro de los pechos, 
cuando Beethoven compuso 
la Novena Sinfonía, 
las formas a las que rendía tributo 
ya no interesaban, 
estaban anticuadas, 
el público quería otras cosas 
pero Beethoven les dio 
la Novena Sinfonía, 
cuando acabó su interpretación 
el día del estreno, 
Beethoven continuó mirando 
a la orquesta que la había ejecutado 
sin preocuparse por el aplauso, 
que creería escaso e irrelevante 
pero alguien,
que conocía su sordera,
lo hizo volverse 
y descubrió que los espectadores, 
empujados por una emoción 
que no debía nada a las costumbres
sino que brotaba de la esencia del alma, 
ovacionaban llenos de agradecimiento
porque aquella música era
la de sus mismas entrañas,
no trabajo con las formas
sino con las emociones,
la verdad es mi instrumento y mi corazón,
la academia que me instruye,
si fracasan mis obras,
al menos habré vivido
la vida a la que estaba obligado
y dejaré el mundo
con mi deuda saldada. 

La presencia del bien. CXXII

Las cosas son bonitas, 
las cosas son deseables, 
las cosas dan felicidad 
pero no merecen que las paguemos 
con la dignidad 
que a nosotros mismos nos debemos. 

La presencia del bien. CXXI

Un corazón vivo
es un río alegre
que avanza caudaloso y va creciendo
en su camino hasta el mar,
que fertiliza los campos
y alivia la sed con su agua clara
pero un alma egoísta
es una charca estancada
nauseabunda e infecciosa
que extiende el mal por el mundo
con su propia degradación. 

Fruta madura. XLII

Algunos encuentran molesto 
que publique en internet 
tantos poemas cada día, 
dicen que les robo espacio 
aunque el espacio es virtual 
y no falta para nadie, 
atienden a las estrategias 
como si fueran mercaderes, 
yo escribo para ti 
y para los corazones vivos, 
no para almas sometidas 
que, como en cuerda de presos, 
vayan para donde les guíen, 
la astucia desleal 
no es propia de un artista, 
no traiciono la vida 
por una limosna de popularidad, 
poco me importa un lector 
que lea un prospecto de medicamento 
en lugar de los versos que te escribo 
solo porque lo tiene 
más al alcance, 
su espíritu está muerto y también 
el de quien escribe para él. 

Fruta madura. XLI

Hay presencias humanas en internet 
que son solo una foto, 
las encuentras, 
te diriges a ellas por placer, 
les saludas, les hablas, 
les enseñas tus poemas, 
les explicas tus sueños, tus penas, 
tus soledades, 
la historia de tu vida, 
intentas ser discreto y educado, 
demostrarles que eres 
un ser humano decente, 
que se preocupa por los otros, 
que lucha por la dignidad 
y no por las cosas, 
les dices que no eres egoísta, 
que tu felicidad es el bien común, 
que el mundo va tan mal 
porque la gente no escucha, ni se conmueve, 
ni siente nada por los demás, 
escribes todo eso en sus mensajeros 
pero nunca te contestan, 
como si no existieras para ellos, 
como si ya estuvieras muerto, 
como si no tuvieras valor alguno, 
como si no fueras un ser humano 
tan digno como ellos, 
tan sensible y de buena familia, 
tan capaz e inteligente, 
tan trabajador y honrado, 
esas presencias 
no quieren que entre en sus vidas, 
su puerta no está abierta para mí, 
no se paran a mirarme 
como tampoco lo harán con un mendigo 
con el que se crucen por la calle 
o con un anciano 
que pase por su lado 
con el alma llena de tristeza, 
de ti, nunca he visto nada 
fuera de internet, 
en este mismo lugar donde tantos 
prefieren ignorarme, 
tú me has entregado tu alma 
y me has traído el Paraíso 
enseñándome la belleza que encierra 
tu pecho de miel, 
no hay nada en el mundo para mí 
tan importante como tú, 
cuando se va la luz, 
no puedo hablar contigo, 
por suerte, vuelve enseguida 
pero, si no fuera así, 
movería medio mundo 
para que volviera, 
dista muy poco 
de la noche al día, 
no más que el alba, 
no más que el amanecer, 
tú eres el sol 
que ha brotado en mi aliento 
y, algún día, también 
saldrá para la Humanidad. 

domingo, 23 de noviembre de 2014

Las musas coloquiales. CLXXIV

Sobre los encumbrados sabios hurganarices 

Los que aspiran al poder 
os advierten presumidos 
que es preciso ser instruidos 
para, de un tema, entender 
y que, a su buen parecer, 
sois estúpidos y ciegos 
por ser indoctos y legos 
y que no debéis pensar 
para evitar fatigar.
vuestros cerebrales riegos. 

La presencia del bien. CXX

Mi niñez podría 
haber sido un Paraíso, 
unos años de infinita dicha 
entregados al descubrimiento 
del mundo y de mí mismo, 
a la complacencia en la existencia, 
una primavera de la vida 
que habría hecho de mí 
un alma abierta a mis semejantes 
que se solazara en su presencia 
y los colmara de beneficios 
porque los hombres nacemos 
con el bien en el corazón 
y la deslealtad es fruto 
del roce con la vida, 
mi niñez podría 
haberme preparado un camino de felicidad 
pero sus días transcurrieron para mí 
en el interior de frías aulas, 
donde se me enseñaba 
a tener miedo a no hacer 
lo que se esperaba de mí, 
el reloj era un tirano 
al que había que obedecer 
por encima de los sentimientos, 
el patio era escenario de hostilidad, 
de insolidaria rivalidad, 
donde la diferencia era 
menospreciada y degradada, 
las almas de los maestros 
eran grises, 
acostumbradas a ganarse el sueldo 
con su servidumbre sumisa, 
sin mucha convicción en lo que enseñaban, 
sin mucha curiosidad, 
demasiado cansados de los libros, 
el ser y la libertad, la vida y la voluntad 
eran heridas cada día, 
en cada corazón de niño, 
la inteligencia moría sobre los pupitres 
depuesta por el ansia de obedecer 
para no ser humillado, 
todo el sufrimiento arrostrado 
en aquel teatro vil 
llenó de oscuridad y agonía mi sendero, 
debilitó y enfermó para siempre 
mi atormentado espíritu, 
que se creía incapaz e indigno, 
me apartó de la humanidad 
volviéndola el recuerdo y la añoranza 
de un miserable desterrado 
e hizo de mi tránsito por la Tierra 
angustia y desolación, 
locura y vergüenza 
como si mereciera un castigo 
por el privilegio de vivir 
pero no pudo destruir 
la bondad y lealtad con las que nací 
porque, a la sombra de mi soledad, 
bajo el silencio de mi aislamiento, 
nunca dejé de escuchar 
la voz desnuda de mi pecho. 

Fruta madura. XL

El bien y la verdad 
no son relativos, 
la felicidad de un hombre 
es la de todos los hombres, 
no se debe transigir 
con la degradación, 
el respeto es imprescindible 
aun hacia el niño más rebelde, 
el dolor de dejar de ser libre 
es el más amargo, 
no ha de imponerse un sentimiento, 
los sentimientos no son dañinos, 
todos son lícitos, 
todos inevitables, 
algunos equivocados 
pero parte también de la libertad, 
el corazón no ha de ser frenado, 
es nuestro instinto de bondad, 
la opresión 
trae sufrimiento a la vida, 
si tu voluntad fuera la mía, 
actuarías de otra manera 
pero te amaría menos 
porque quiero 
la verdad de tu alma, 
precisamente por amarte ansío 
que sigas siendo distinta, 
que sientas y hagas lo que deseas, 
muchas veces he sufrido 
la agonía de la humillación 
solo por ser diferente, 
por no poder responder 
a lo que se espera de mí, 
hay un resabio a muerte 
en las obligaciones, 
en el rigor ineludible 
con que se nos impone el deber, 
un regusto a tormento inútil, 
a dispendio de vida y ventura, 
yo jamás te exigiré nada 
que no venga de ti, 
jamás te haré probar 
las fatigas de una coacción, 
te amo enteramente, 
voy a evitarte 
todo sufrimiento, 
cuanto sientes y haces 
tiene la aceptación de mi pecho. 

Fruta madura. XXXIX

Cuando el amargo delirio me traía 
sus horribles alucinaciones, 
vislumbraba presencias 
pavorosamente gélidas, 
alientos de hielo 
que solo gozaban con la crueldad, 
ansiaba el afecto de los otros 
y lo habría buscado 
de haberlos sabido capaces 
de dármelo abiertamente 
pero algo había en el fondo 
de real en aquellas visiones 
y yo lo sabía sin querer admitirlo, 
no se entrega mucho afecto 
por lo común entre humanos, 
los corazones están 
dormidos y deformados, 
la inocencia y la ternura 
son víctimas de la vanagloria, 
nosotros dos 
nos respetamos dulcemente, 
dejamos que nuestros pechos 
descansen en la candidez, 
no nos atormentamos 
con la insidia del sarcasmo, 
nos amamos 
como dos dioses humildes, 
sagrados 
y colmados de verdad. 

Las musas coloquiales. CLXXIII

A mi amada 

En ti, sacio la sed de mi deseo 
con tanta plenitud como si fueras 
labor de unas deidades lisonjeras 
buscando la ventura de un ateo. 

No es este mundo un valle triste y feo, 
ni los milagros son falsas quimeras 
pues pude conseguir que me quisieras 
y, ahora, solo en la alegría, creo. 

Tú reinas en mi aliento con justeza, 
de ti, emana mi medra y mi armonía, 
tú llenas mi existencia de belleza. 

La reina de las flores no sabría 
guardar un solo día su realeza, 
humilde, la corona te daría. 

sábado, 22 de noviembre de 2014

Las musas coloquiales. CLXXII

A Lluvia Rojo 

Tu rostro tiene 
el esplendor de los ángeles, 
tus cabellos parecen 
rayos de luz 
y tu mirada es apacible y dulce, 
tan grata como si aliviara el dolor, 
te he dado espacio en mi vida 
porque mi existencia ha sido sombría 
y estoy ávido 
de amaneceres y mediodías. 

Las musas coloquiales. CLXXI

A mi amada 

Tú y yo 
no nos vestimos de importancia, 
nuestras máscaras no son 
tributarias de la vanagloria 
sino transparentes e inocentes, 
hechas para el gozo y el amor, 
para la belleza y lo sublime, 
nuestros corazones descansan 
en el regazo de la verdad, 
entregándose el uno al otro 
sin la adulteración de la coacción, 
libres y puros, 
huéspedes del Paraíso 
gozando de los juegos, 
mi levísima máscara no te oculta 
que verdaderamente te quiero 
y que no puedo prescindir de ti, 
somos hermanos eternos 
y nos amamos con la sencillez 
con que el viento mece los álamos. 

Las musas coloquiales. CLXX

A Susana Escarabajal Magaña 

A tu lado, prima, 
no importa las veces que me equivoque, 
siempre encuentro tu corazón abierto 
al perdón y la reconciliación, 
no tienes un alma entregada 
a la servidumbre de las cosas 
sino una viva y palpitante 
que protege y respeta 
la dignidad de los amigos, 
en ti hallé consuelo 
a mi soledad amarga 
en aquellos días sombríos 
con sed en el aliento, 
supiste de mi agonía, 
de mi dolor infinito, 
de mi desesperada ansia de aceptación, 
mientras los demás me abandonaban 
o me negaban su mirada, 
tú me abrías tu puerta 
porque dos ángeles claros 
te inclinaban al bien. 

Las musas coloquiales. CLXIX

A mi amada 

Dulce amada, 
me encuentro muy solo, 
mi vida ha sido siempre una prisión, 
he aprendido 
a sentir horror a fallar, 
he estado sometido al rigor 
de las normas estrictas, 
pocas veces se ha confiado 
en mi propia responsabilidad, 
se me ha tratado 
como una propiedad sin alma, 
junto a mí, siempre ha habido 
espíritus porfiados y obcecados, 
atormentados 
por el temor a la duda 
que no admitían la vacilación 
ni perdonaban el error, 
no me han querido en demasiadas ocasiones 
por lo que era, 
la concordia con los otros 
dependía de no defraudarlos 
ni mostrar oposición 
porque su intransigencia los dominaba 
y sojuzgaba sus corazones, 
apreciaban mucho sus empecinamientos 
pero muy poco la vida, 
me encuentro muy solo 
porque el mundo me parece hostil, 
exigente, intolerante, 
como mis maestros, 
como mis compañeros del colegio, 
como mis libros de la universidad, 
como los presentadores de televisión, 
como mis psicólogos 
y mi aliento se inquieta 
y se oculta de mis semejantes 
encerrado en mis entrañas 
porque solo espera de ellos 
desprecio e incomprensión. 

La presencia del bien. CXIX

La soledad es un mar 
que me abarca el alma 
y reina de confín a confín 
rotundo, ineludible, 
intransigente, absoluto, pertinaz, 
acabado, 
se ha hecho dueña del amanecer, 
de la hierba, de las flores, 
de los manzanos, de las montañas, 
de las horas del reloj 
para dejarme sin nada, 
para tenerlo todo, 
para no morir nunca, 
para cuajar el viento 
y volverlo brea. 

Las musas coloquiales. CLXVIII

A mi amada

¿Sabes qué quisiera, dulce amor?
Alcanzar la paz,
dejar mi ingrata trinchera,
soñar que estoy satisfecho
o estarlo de verdad si fuera posible,
darme un día entero
de vacaciones de mí,
salir afuera y, de repente,
sentir calor en lugar de frío
y ver mucha luz
y escuchar casi música
y no el horrible grito de la vida,
que el camino fuera sencillo y llano,
libre de tanto rigor,
que las dolorosas dudas
despejaran mis ojos
como niebla que se disipa
o alucinación que cesa de repente,
que mis oídos se cerraran
al refunfuñar de la autoridad
y me importara tanto
como el zumbido de la lluvia,
quisiera un mar de tranquilidad
sin que me creciera la barriga
y quedarme dormido
en medio de un bombardeo. 

Fruta madura. XXXVIII

Eres un hada, 
el bosque te refugia y camufla, 
estás sumergida en la hiedra, 
detrás de la fina hierba, 
confundiéndote con las flores 
o fingiéndote rayo de sol, 
te creo corteza de tronco, 
panal de abejas, 
arbolito lleno de fruta 
y no eres sino tú, 
el afán de mi aliento, 
el manantial de mi deseo, 
el asombro de mi corazón. 

viernes, 21 de noviembre de 2014

Fruta madura. XXXVII

No ha querido la Naturaleza
usar contigo su rusticidad,
te ha hecho delicada, sutil,
elegante, dulce, luminosa,
esplendorosa como un amanecer
para que me redimieras del Mundo. 

La presencia del bien. CXVIII

Dejémoslo en dignidad,
que no se humille,
que no se mancille,
que no se atormente a los hombres
con la degradación y el horror. 

La presencia del bien. CXVII

Quien odie porque es odiado
que mire al rostro de aquel
de quien esperaba afecto
porque tal vez encuentre en él la huella
de una decepción similar. 

Fruta madura. XXXVI

La sobria contención de tus gestos, 
emanada de tu sencillez y honestidad, 
me lleva a imaginar 
la agonía de tu pudor 
y, apiadado y admirado, 
muero por hacerte sentir 
la conmoción de mis entrañas, 
el desmedido ardor del afecto 
que me inspira tu ser. 

jueves, 20 de noviembre de 2014

Las musas coloquiales. CLXVII

A los herniados de la indolencia 

Hay quien al ansia de bien 
la llama afeminamiento 
y piensa que el sentimiento 
está detrás de un sostén, 
a todo le dice amén 
si a su negocio no daña 
y manifiesta gran saña 
ante un corazón sensible 
porque tiene un miedo horrible 
a que le hieran la entraña. 

La presencia del bien. CXVI

¿Por qué importa tan poco la bondad? 
¿Qué daño hace un corazón desnudo 
que se inclina al bien sin que se lo ordenen? 
¿Qué perjuicio causa el deseo 
de ser honesto y benévolo 
más allá de los mandamientos 
y de las frases formularias? 
¿Por qué no se goza la inocencia? 
¿Por qué no se disfruta el candor? 
¿Qué hay de malo 
en los ángeles que habitan la Tierra? 
¿Por qué no han de seducir a las mujeres 
los hombres con blancas plumas 
ni a los hombres comunes, 
las mujeres con aureola?
¡Cuánta felicidad brotaría si estuviera permitido
el placer de ser bueno! 

Fruta madura. XXXV

Andando el decimoséptimo año 
de nuestro matrimonio, 
yo me levantaré de la cama 
y te veré en la cocina 
pelando patatas despeinada 
porque esa mañana 
te tocará a ti preocuparte de la comida 
y me preguntaré qué tienes de especial 
para que seas tú 
lo que ha de hacerme feliz, 
al principio, dudaré 
porque lo que me muestren mis ojos 
será el rostro que he visto de cerca 
durante miles de días 
y será tan corriente para mí 
como un semáforo de mi calle, 
no parecerás la expectativa 
que mantiene la ilusión y la esperanza 
sino un hecho consumado, 
un deseo más que satisfecho 
pero, muy pronto, mi alma 
pronunciará tu nombre 
y todo mi interior se estremecerá 
desde la misma raíz 
pues habré reconocido en esas sílabas 
mi desazón más honda 
y mi más profundo goce 
porque aluden a lo que me fundamenta 
sin formar parte de mí, 
a aquello cuyo eco 
repite cada partícula de mi ser 
sin que esté bajo mi dominio 
y volveré a mirarte así, 
desarreglada y llena de materialidad, 
y sentiré la añoranza infinita de ti 
que nace de nuestra distancia, 
irremediable y desoladora 
y mi corazón me demostrará
que eres tú la miel de este mundo,
la promesa eterna, el anhelo inextinguible,
me sentaré a tu lado y te pediré tu cuchillo,
te daré un beso en la mejilla y te diré
que vayas a arreglarte
y que hagas lo que más feliz te haga
que la comida la prepararé yo de nuevo
y, llegando a tu corazón
de esta sencilla manera,
mi afán se habrá cumplido
tan gozosamente como la primera vez
pues, durante un instante, corto
pero eterno y jubiloso,
seré verdaderamente
uno contigo. 

Fruta madura. XXXIV

Tú y yo estamos 
subidos al mismo bote, 
salvados de la mar, 
bogando hasta el horizonte, 
serenas las aguas 
como la luz de tus ojos. 

Las musas coloquiales. CLXVI

A los que me exigen que vaya a su ritmo 

Ya voy rozando cincuenta, 
defiendo la libertad, 
la ventura y la bondad 
en esta Tierra violenta 
mas nadie me tiene en cuenta, 
muchos me increpan por ser, 
por existir, por querer 
mas poco me importa ya 
porque nada se me da 
en qué me quieran tener. 

Soy tan libre como el viento, 
nadie me puede frenar, 
mi alma es ancha como el mar 
y ardiente, mi sentimiento 
como un incendio violento, 
si no gusto a los doctores 
ni a quien juzga sin rigores, 
mi conciencia está tranquila 
porque lo que el mundo estila 
no es prenda de mis amores. 

Toda mi vida, he temido 
la herida de la opinión 
dudando de mi razón 
y de mi justo sentido 
mas de nada me ha valido 
porque el egoísmo guía 
a la inmensa mayoría 
y persigue su provecho 
aun sin tener el derecho 
por necedad y porfía. 

Las musas coloquiales. CLXV

A los lectores aficionados a los ripios 

No llego a las mayorías, 
mi desgracia es no escribir 
lo que se suele exigir: 
relajadas tonterías, 
vulgares majaderías, 
adocenados lirismos, 
simplones malabarismos, 
sentimientos de postín, 
desfogues con retintín 
y vacíos eufemismos. 

Las musas coloquiales. CLXIV

A los evaluadores y peritos en el desprecio 

Quiérenme medir el pecho 
los que tasan a las almas 
para conceder las palmas 
o destinar al desecho, 
pero no soy berberecho 
que puedan ellos catar, 
sino un hombre al que han de honrar, 
libre, digno y orgulloso 
y, si me ponen furioso, 
una coz les he de dar. 

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Las musas coloquiales. CLXIII

A los hombres de grandes culos 

Hay hombres aficionados 
a entrar en las otras vidas, 
tienen ínfulas subidas, 
se creen por Dios agraciados 
o por los diablos malvados, 
no respetan el honor, 
avasallan sin pudor, 
son doctísimos idiotas, 
autorizados berzotas 
que hacen del mundo un horror. 

Las musas coloquiales. CLXII

A los que conceden las medallas

Afecta la autoridad
dar valor a la nobleza
pero premia la bajeza,
y la vil mediocridad,
no impondrá su potestad
sobre mi pecho orgulloso,
no acepto un ruin vanidoso
creyendo que a mí se impone
porque un colgante le pone
un viejo tardo y seboso. 

Las musas coloquiales. CLXI

A los dueños del aliento 

Pido excusas porque soy, 
porque existo, porque vivo, 
porque, de hablar, no me inhibo, 
porque, a mis asuntos, voy, 
porque, en este mundo, estoy, 
pido perdón por amar, 
por sentir, por respirar, 
por no resistirlo todo, 
por comportarme a mi modo 
y, a ver mi rostro, obligar. 

Las musas coloquiales. CLX

A los muñecos de nieve 

En un tribunal de hielo, 
se juzga mi corazón, 
sentencian condenación, 
sufrimiento y desconsuelo, 
vergüenza, culpa y desvelo, 
mis delitos son sentir, 
amar, soñar, existir 
y perseguir la belleza, 
no es legal ansiar grandeza 
sino humillarse y morir. 

La presencia del bien. CXV

Siempre, silencio, 
siempre, frío, 
siempre, oscuridad 
en esta vacía y triste prisión... 
¿Qué culpa expío, 
a qué deber he faltado? 

La presencia del bien. CXIV

No quiero oír las palabras
de quien no cree en el hombre,
en todos los hombres
y todas las mujeres,
no quiero escuchar lo que piensan
quienes odian a sus semejantes
y les niegan la esperanza y la ilusión,
quienes no tienen clemencia,
quienes no sienten tiernamente,
quienes no guardan a su especie en su pecho
pues sus alientos sin luz,
fríos y punzantes,
solo me dejan resabios
a helor de presidio. 

La presencia del bien. CXIII

¡Qué fría sombra oscurece el mundo 
cuando la amenaza del miedo 
se tiñe de desolación! 

Fruta madura. XXXIII

Se ha construido una humanidad 
que protesta cuando se va la luz 
pero se emociona muy poco 
con un poema sincero 
y cambia de postura en el asiento 
cuando le hablan de una matanza 
pero una sola de tus sílabas 
a mí me estremece 
y sé muy cierto que los hombres crueles 
no están vivos de verdad. 

La presencia del bien. CXII

Mi vida me ha traído 
muchos años de sufrimiento, 
mucha angustia, mucha frustración, 
mucha humillación, mucho tedio 
y, a veces, todavía cree mi fantasía 
que la dignidad y el amor 
no son lances de mi suerte. 

martes, 18 de noviembre de 2014

Fruta madura. XXXII

Apartándote tu espesura, 
hojas, ramas, arbustos, hierba, 
llego hasta tu lago claro, 
te bebo, me empapo la cara, 
toco tus ondas, 
desnudo y libre, me meto en ti, 
te nado 
deslizándome entre tus peces y tus algas, 
branquias, frondas, escamas, 
te atravieso estremeciéndote, 
envuelto en tu fluido, 
acaricio tus rocas húmedas, 
rozo tus arenas 
haciéndole surcos con mis dedos, 
toco tus cantos rodados, 
te disfruto, me expansiono en ti 
y, tras dejarte 
las monedas de mi tesoro, 
vuelvo a la superficie 
jadeante y lleno de alivio. 

Las musas coloquiales. CLIX

A Socorro Guadarrama

Codician todos los hombres
firmeza para sus pasos,
de la duda quieren ver
su pensamiento alejado,
mendigan las certidumbres,
las buscan por todos lados,
las asen con fanatismo
cuando las han encontrado,
piensan que las tienen fuera
pero no están acertados
porque solo andamos recto
al corazón agarrados.

Se persigue con afán
de los otros el respaldo,
se anhela el asentimiento
de todo el rebaño humano,
la certeza tiene el rostro
de los juicios consensuados,
quien está solo en sus actos
se ve inquieto y agraviado,
la fama sabe a verdad
pero es un sabor errado
porque solo andamos recto
al corazón agarrados.

El poder y la violencia,
la intransigencia y el fausto,
con su absoluto, dan fuerza
a los alientos lisiados,
almas con hambre de ser
pero que se han traicionado,
su tiranía les libra
de vacilar extraviados,
ven solidez en el frío
pero están equivocados
porque solo andamos recto
al corazón agarrados.

Se ama apagando la llama
que, en el otro, ha palpitado
destruyendo su ilusión
para tenerlo amarrado
creyendo que poseer
y acumular abarcando
matará la incertidumbre
y agrandará sus cercados,
hacen sufrir a quien aman
mas no está justificado
porque solo andamos recto
al corazón agarrados.